sábado 12 de julio de 2008

¿Quién salvará a la ex-Lolita?

A mis amigos, que son pocos, los vi y palpé como una niña que apenas reconoce el mundo, me hacían falta abrazos para decirles que los quería, me dio gusto volver a tener cerca las rarezas de esa partida de asociales con los que me reúno a compartir soledades. De Mariposa Vagabunda, mi única amiga, no me quería ni despegar, mientras nos lamentábamos la suerte de siamesas separadas nos contamos lo que han sido nuestras vidas, a veces hablando, otras en silencio...El resto de tiempo se me pasó entre visitas médicas y huidas de los locos, la primera por hipocondría insaciable, y la segunda por sujetos que me persiguen hace más de 7 años. Todo empezó en el 95. Yo era una Lolita con un extraño encanto, sonrisa dulce pero brazos moldeados por las barras y las flexiones de pecho, belleza irreverente que desconocía el maquillaje y los pendientes, niña que dormía abrazando a su muñequita de siempre y leía a los rusos en el umbral de una hora y la siguiente. Así llegó la quinceañera al grupo literario El Círculo. A su creador, Julián Enríquez, le conocí en la casa de un viejo que anunció en el periódico su deseo de conformar una sociedad secreta poético-literaria, pero allí no duré más de cuatro reuniones, la risa estridente e inocente que me producían los textos del señor no me dejaron regresar. A los días, Julián me invitó a su grupo, supuestamente por mi calidad literaria, pero hoy tengo serias sospechas de no haber sido más que producto de mis senos enhiestos. Este hombre de 30 años tiene en su cabeza una baraja hecha con una única carta, se la pasa en su habitación de baldosas blancas y negras, como juego de ajedrez, escondiéndose de las miradas de la hermana que jamás le perdonará la osadía de declararle su amor profano. Generalmente, usa una camisita a rayas que lo identifica como prisionero del mundo, en las mañanas sale a trotar y montar bici, luego a dejar las flores del servicio a domicilio del negocio familiar, a medio día ubica un colegio cualquiera y se sienta a ver salir a sus Lolitas adoradas, en la tarde alterna la lectura, las persecuciones a conocidos y la escritura de panfletos -contra los jóvenes de la ciudad y sus escritores preferidos, los cuenteros y las mujeres, y a favor de los violadores, la religión y la ultra-derecha- que luego pegaría en las universidades y repartiría en las calles negando su autoría. Aunque se ganó más de un problema continuó su militancia sin miedo. Otro de los del Círculo es Cristian, un negro grande y gordo de unos 25 años, trabaja de compañero de su madre, odia al mundo y ama a los asesinos en serie, con cuyos rostros decora las paredes de su habitación. En sus ratos libres, o sea casi todos, se disfraza de jacker, se entretiene con el cine y la T.V. y huye de los fantasmas de su mente paranoide. La relación era tensa y no terminábamos una discusión para entrar en otra, a pesar de todo fue mi amigo y le quise. En los demás integrantes no vale la pena detenerse, sólo mencionar que uno era drogadicto y esquizofrénico, otro un homosexual reprimido que le cantaba a la muerte y el último un teatrero convertido al catolicismo, después de haber hecho parte de sectas satánicas. Sin culpa, terminé en medio de estas personalidades, atrayendo las miradas de un grupo de misóginos al que, como es obvio, jamás mujer alguna había entrado. Al poco tiempo de estar allí empezaron los acosos sexuales y sus disertaciones sobre mi calidad de Lolita, así que no regresé ni por error. Pero ellos me seguían de cerca con los artículos que publicaba en el periódico, observaban mi estilo, estudiaban mi evolución y criticaban con ahínco. Un buen día le enviaron una queja al director sobre una reseña que escribí de La Caverna de José Saramago y se hicieron pasar por un par de ancianos ofendidos. Cuan equivocada estaba pensando que mi ausencia les calmaría y que no tendrían más remedio que buscarse a una nueva Lolita...

- Mijita, ha venido varias veces a buscarla un joven apuesto y bien presentado, dice que fue compañero de universidad – dijo mi madre.

- Cómo se llama?

- Me parece que Juan Felipe

- Y qué quería?

- Le mostramos los artículos que nos mandó de España, estaba muy interesado en saber de usted, ese muchacho parece que la aprecia mucho. El muchacho nos pareció muy amable, aquí estuvo tomando juguito y viendo sus fotos.

No hizo falta preguntar si sabía que yo vendría, sólo fue esperar a que sonara el teléfono y me saludara Julián desde el otro lado. En cualquier esquina podrían estar esperándome, pero por qué me seguían? Querían hacerme daño? Incluso un día tuve que salir corriendo cuando descubrí a uno de ellos tras un árbol. Sin duda me persiguieron día y noche hasta que tomé el avión. A mi desgracia, en Bogotá me di cuenta que desde la agencia de viaje en España me vendieron mal los pasajes, Cali- Bogotá para un día, y Bogotá-Madrid para el siguiente. En el aeropuerto El Dorado me encontré sola y abandonada, sin un solo peso para pagar el hotel. Saqué de mi billetera el pasaje de avión y la foto de un hombre de camisa a rayas, cogí el teléfono y respiré hondo.

De nuevo la jovencita se despega el lunar de su muñeca y se lo pone entre la boca y el pómulo izquierdo, como alentando a las lenguas masculinas a erguirse y humedecerse en su nombre. En las tardes, después de trabajar, se entretiene recreando las brutales historias de desgarramientos y huesos desencajados que tanto le atraen. Una vez le dijo su amigo El negro que el hombre de camisa a rayas que la seguía por la calle, quería “accederla”. Ella como es natural, cayó en un estado histérico-paranoide que le amargaba la vida. Lo veía sigiloso detrás de los árboles, escuchando el correr de su sangre, estaba más que advertida que aquel hombre tenía el don de escucharle el pulso a la gente con sólo mirarla, así que podía saber muy bien cómo y cuándo se alteraba cualquiera y entonces proceder a su adorable terapia de choque.

Su pasatiempos favorito era ahuyentar mujeres, al principio se mostraba como todo un caballero, correcto, moderado e inteligente; pero pronto empezaba a perder los nervios y se ponía a maquinar trampas que le abrieran en su lugar, las piernas a las chicas. En parte las veía a todas como unas puticas, capaces de absorberle su blanca ansiedad, nada más! De aquella joven le decía a sus colegas literatos que era del tipo de mujer que disfrutaría de una violación. A ella ya se lo habían contado, por eso lo evitaba en el Parque del Perro y en Cosmocentro, pero él se las arreglaba para encontrársela “por sorpresa” y hacerla reír. En realidad le caía bien, más de lo que debería, disfrutaba escuchando la manera de trepanar personajes y esculpir palabras y le seducía la mordacidad de los panfletos con los que empapelaba la ciudad.

¿Quién salvará a la ex-Lolita?

La jovencita ya no es tan jovencita, hace ya varios años abandonó el país para siempre y sin remordimiento, y hoy no es que lo extrañe, lo que pasa es que siente que aún tiene deudas que saldar. Doce meses después de irse estuvo unos días repasando las pisadas de sus 17 años, así que se fue el sábado por la tarde al Parque del Perro a espiar a sus antiguos espías. Al final consiguió que él la invitara a comer a su casa y que le propusiera un fin de semana en San Cipriano. La comida salió magnífica, él se portó como un tipo sereno y respetuoso, aunque discutieron con vehemencia sobre la guerrilla, los paras y Uribe, y sobre Borges y Boudelaire. Al otro día salieron para San Cipriano en una buseta verde destartalada que se varó en plena carretera Cali-Buenaventura. Hartos de esperar decidieron seguir su travesía andando. Un poco antes de llegar al pueblo, exactamente en mitad del puente colgante hecho de tabla vieja y piola de pasamanos, ella sacó su lengua erguida y le chupó la cara. Él un poco asqueado pidió dos habitaciones separadas en el hotel. Al otro día le dijo el recepcionista que el joven se había marchado y que ella tenía que pagar la cuenta. Después de correr por espacio de 2 horas, lo encontró desnudo sobre una piedra del río mirando los peces de colores que se peleaban en el fondo, a 10 metros. Él quiso salir corriendo pero una piedra que se estrelló en su cabeza se lo impidió. Ella le ató sus piernas y brazos, con su lengua consiguió romper su horizontalidad y esconder con el centro de su cuerpo el dedo que señalaba al cielo. Después llegó la calma. A ella se le ocurrió estrangularle y tirar el cadáver al río, o simplemente follárselo otra vez.

martes 24 de junio de 2008

Derroche de belleza



Después de tantos meses de silencio vuelvo a tener tiempo y por ende algo que contar. Felizmente dejé la librería por nuevos proyectos, letras que tengo que producir desde mi casa con mangas pasteleras de diversos motivos. De nuevo un país desconocido me deja pasar. Esta vez la bota itálica.

Nunca había visto -o si lo había hecho no me había fijado- semáforos de peatones con tres colores… por culpa de estos he corrido como una condenada. Cuando desaparecía el verde y me encontraba en mitad de grandes avenidas, arrancaba a correr como si tuviera un alacrán pegado a la nalga, lo que no me daba cuenta era que el color era amarillo, que tardaba una eternidad en cambiar a rojo y que la gente seguía andando con pausa. Una vez desvelado el misterio de los semáforos empecé a toparme con plazas encantadoras y monumentos emblemáticos sin darme cuenta.





















Estar aquí recuerda a Latinoamérica, los coches saltándose los semáforos y los peatones acoquinados esperando eternamente a que los conductores les cedan el paso, esos deben ser “guiris”, sino harían lo que hay que hacer en esos casos, llenarse de valor para la batalla – a muchos les puede ayudar una bendición- y echarse a andar a ver quién gana. Es divertido.




Embriagada de olor a pasta que cuece, camino por las calles de la exuberante y caótica Roma, me dejo llevar de la mano de mi guía de bolsillo y de mi instinto para morder el alma de la ciudad. Alegre
y ruidosa se ofrece al visitante, miles de bares y cafés instigan a hacer un alto en el camino. Para conocer Roma hay que perderse, merece la pena llegar a la cama con los pies hinchados y palpitando y con la cabeza cansada de tanto soñar. Vulnerable ante el Coliseo, con los poros traspasados por una aguja de croché, veo brillar las espadas en las que se enrollan las venas robustas que se desinflan como globos.

La fabulosa Basílica de San Pedro que desmiente el valor de la austeridad y se nos presenta grandiosa, ampulosa, desbordada de arte. Me olvido de los curas que en busca de un poco de inocencia la arrancan de tajo. Prefiero no pensar en los valores antinaturales de defienden, en la culpa que tienen de la sobrepoblación y el hambre; ahora mismo sólo me importa disfrutar de la perfección de la Piedad con el hijo muerto en sus brazos. Adoro el sentido estético de la iglesia y su servicio a la preservación del arte, a la larga está bien que con la excusa de custodiar el cielo contribuyan al derroche de belleza, que también es una forma de rendirle culto al espíritu, para que lo sigan haciendo ¡juro que pagaría!


La Capilla Sixtina!




























En la Plaza de San Pedro estaba el hombre de vestido impoluto y sombrerito, la gente gritaba
c
ual cantante de rock, me temo que muchos se mueren de ganas por pedirle un autógrafo.





Encubo palabras junto al vino de la memoria, bajo el calor del bus. Tras el rumor de las estatuas y el perfil augusto de los caminantes que con su retina de ventosa absorben la belleza, ahora recuerdo, ahora vivo. La fontana de Trevi, las espectaculares plazas Navona, España y Popolo, lugar perfecto para evocar las noches de magia, vino y poesía de la Colombia que dejé hace tanto. Lo bueno es que hoy todavía me le chupo a la vida su pulpa de mango biche, sin importar dónde cae la noche. Y con la fibra de la vida entre los dientes pasan las horas…

domingo 14 de octubre de 2007

Lecciones de pesimismo

Esto del trabajo es curioso. Había tomado la decisión de no perder más mi vida buscándolo, convencida de que no lo iba a encontrar decidí prepararme las odiosas oposiciones. Ya no entregaba currículos, en lugar de eso todas las mañanas me obligaba a estudiar. De pronto me llamaron de la librería. Luego el día que fui a entregar los papeles me llamaron para una entrevista de trabajo como auxiliar administrativo en una compañía de plástico, como es obvio dije que no. El lunes fui tan contenta al trabajo, pero la dicha duró poco, pronto me enteré que en lugar de salir a las 20:30 lo haría aproximadamente una hora después, con lo cual mis planes de entrenar water polo 3 veces por semana de 21:00 a 13:00 se iban por la borda. Y todo por el repugnante horario español, es absurdo tener al medio día tres horas para comer y que llegues a casa a las 10 de la noche, vamos, con este horario no se puede tener familia, o haces una cosa o la otra; menos mal eso de los hijos me tiene sin cuidado, lo dejaré para mi próxima reencarnación. Al salir de mi primer día de trabajo, cargando bolsas de tristeza tenía 5 llamadas perdidas de un número que no me era familiar, llamé y me citaron al día siguiente en relación a un trabajo en una Autoescuela, que no sonaba nada mal. Se me llenó la barriga de dudas, porqué tenían que llamarme todos a la vez y cuando ya ni siquiera buscaba trabajo? Podían pasar meses enteros en que no me llamaba ni dios y ahora las opciones se desplegaban. Parece que el deseo de conseguir algo no ayuda, por el contrario aleja las posibilidades de éxito. Ahora no dudo de que el pesimismo es el mejor amigo que puedes tener, si está a tu lado el devenir es más llevadero, porque no esperas nada, las cosas fluyen y llegan por sorpresa; pero cuando te invade el optimismo, qué desilusiones más grandes te llevas, de las cosas más útiles que se pueden aprender es a ser perdedor, no tengo duda. Toda la semana fui al cursillo aquel de formación-selección, por la mañana salía de casa adelantándomele al sol, estaba allí una hora tomando apuntes y haciendo pruebas, después los profesores me daban el resto de material que verían en las dos horas que quedaban de clase, me iba corriendo al trabajo, luego al medio día llegar con José a casa a calentar/cocinar, luego estudiar en la hora de la siesta, volver al trabajo y por último, terminar el día estudiando. Ahora sé que no me seleccionaron, dijeron que lo había hecho muy bien y que me tendrían en cuenta para las próximas plazas que salieran; a lo mejor es sólo formalismo y no me tendrán en cuenta, pero ya no me importa, lo hice bien, he cumplido mi parte. No espero nada, creo que he aprendido la lección.

La semana pasada fue dura con cojones, sobre todo a nivel psicológico, iba capturando con la red de mi memoria las historias de mis compañeros, en ellos veo reflejado mi futuro y eso no me gusta nada. Me cuentan que el jefe es un cabrón y que los primeros 6 meses hace un contrato de prácticas que le permite pagar 200€ menos de sueldo. Pero si a mí en la entrevista me habían dicho que ganaría el sueldo normal! Por qué me engañaban de esa forma? Con qué necesidad? Diantres, si me hubieran dicho la verdad desde el principio igual habría aceptado, porque necesitaba el trabajo. Me distraje confeccionando rosas con mis huesos fundidos y fijándome en dónde ponía el pie cuando andaba, cuidando de no pisar los márgenes de las baldosas porque dicen que trae mala suerte. O quizá me habían dicho la verdad y mi sueldo sería ese? No tenía sentido que todo el mundo tuviera que aguantarse 6 meses para cobrar lo que es, y que yo no, por qué iba a ser más que nadie? Pasaban los días con una lentitud arrolladora y no tenía más remedio que revolcarme en mi incertidumbre. El sábado por fin me dieron el contrato y en contra de todo pronóstico me pagarían lo acordado, eso sí, aprovecharon para advertirme que tenía que tener la boca bien cerrada.

miércoles 3 de octubre de 2007

ya era hora

conseguí trabajo, por fin! en una librería, el horario es horrible y echo horas extra por la cara, pero por otro lado me hace bien trabajar; todos mis compañeros son licenciados también y no encuentran nada mejor, habrá que joderse...

lunes 24 de septiembre de 2007

Fantasmas

El portero al fondo del pasillo con la pantalla del circuito cerrado de televisión delante de sus ojos, estoy afuera suplicándole que me abra y me salve, llevo corriendo 15 minutos pero no ha servido de nada, los ladronzuelos no me han perdido de vista, tienen muchas ganas de pillarme. Los vi justo a mi lado lanzando sus manos contra el bolso, era absurdo que me estuvieran robando en la puerta de mi casa, que el portero tuviera mi imagen al frente y que no abriera. Luego me daría cuenta que la culpa la tenían los audífonos por los que seguía el partido del mundial, Colombia-Argentina, que había tenido lugar el año pasado, pero era tan bonito animar las noches de los martes con un buen recuerdo.

El miedo de estar en el suelo vomitando sangre después de la paliza me hizo despertar. Tenía el corazón esprintando y los gemelos duros y redondos retorciéndose por el calambre. Eran más o menos las cuatro de la mañana, lo que quedaba de noche la pasaría recordando mi ruinoso país, lo enferma que estaba con esas pesadillas recurrentes que terminaran donde terminaran semanas después, incluso meses, serían retomadas por mi cabeza desde el mismo punto. El escenario de la peli siempre era el mismo: el centro de la ciudad de Cali, lugar donde viví hasta los 17 años. Bastante paradójico, mi familia con cuentas bancarias nada despreciables y algunos pisos en la ciudad, pero no, teníamos que vivir de alquiler en un sitio tenebroso con las paredes raídas que, en 20 años que estuvieron allí, se negaron a pintar, dizque por no meterle dinero a algo que no era suyo! Tengo TANTOS recuerdos de ese sitio... Avioncitos de papel despegando desde el piso 22 y con pilotos suicidas que se estrellaban contra las casas, era divertido, aunque ahora que lo pienso, nada ecológico. Una loca semidesnuda que se sentaba en una calle a ver pasar la gente, mi hermana y yo gritándole desde arriba y tirándole hielo, hasta que se hartó y nunca volvió. O la temporada en que entrenaba dos veces al día water polo y que me dio la manía de levantarme a las 5:00 a.m. a hacer abdominales y repasar las gradas de las 25 plantas del edificio. Pero recuerdo sobre todo los rostros de la gente, la mirada inconfundible de la miseria, el odio que exhalaban, muchos tenían pinta de ladrones, sicarios y violadores, desde chica tenía el miedo metido en el cuerpo, aunque eso no me impedía hacer mi vida, bajarme de la parada de autobús a las diez de la noche y caminar despacio, por dentro con ganas de correr pero sabiendo que demostrar miedo era peor, tenía que fingir ser uno de ellos. Años atrás, cuando mi hermana y yo teníamos menos de 23 años entre las dos, nos escapábamos de casa con dinero cogido sin permiso del escondite de mi papá y nos íbamos a comprar juguetes a los vendedores ambulantes, donde naturalmente aprendimos el arte de pedir rebaja. A mis 5 años, recuerdo un día en que esperaba el coche que me llevaba al colegio, estaba con la empleada del servicio detrás de la puerta de cristal, cuando me miró una negra demente que pasaba mucho por allí -tenía por costumbre sacarle la lengua a la gente-, a la que le tenía un miedo gigantesco, y se rió mientras me enseñaba un cuchillo de mango verde, yo paralizada sin poder gritar; luego cuando la mujer se fue y pude contar la historia María Eugenia se hartó de reír sin creerme.

A veces pienso en el sonido seco y sin eco que estremeció al edificio una mañana, una bomba había estallado en la carrera 15, desde la ventana podía ver el humo y la gente corriendo; pero no fue la única, a partir de allí, cada jueves, todos lo llamaban el jueves negro, se escuchaba explotar una en cualquier punto de la ciudad, muchas cayeron en sucursales de la droguería[1] La Rebaja, porque si mal no recuerdo el dueño tenía algo que ver con el narcotráfico. Hmmm, y qué decir del día en que tocó salir corriendo a la madrugada porque había estallado un petardo en el parking del edificio, todos en la calle temblando y mirando hacia arriba, yo temblando con la mirada en el suelo, rezando para que nadie descubriera el roto que tenía en el pantalón de mi pijama.

Bueno, ruinoso país, me despido y te saco la lengua desde el otro lado del charco, esperando que algún día mis fantasmas de la carrera novena con novena me dejen en paz.


[1] Farmacia

lunes 17 de septiembre de 2007

Cádiz






Tengo los talones agrietados destilando sangre, es la inconformidad quien me los ha mordido y arañado para causarme dolor y que yo haga algo. Mis ideas, algunas cojas, malformadas, amputadas, inválidas, degolladas, pero en general malparidas, no se dejan ordenar, cada una en medio de la orgía me escupe su verdad acerca de lo que debería hacer. Por un lado está bien vivir aquí, tengo todo lo que quiero (menos trabajo), Europa, un buen vino acompañado de un buen queso y un buen hombre. Pero es eso que no tengo lo que me está enfermando, porqué todo tiene que ser tan difícil, estoy cansada de probar caminos que si el periodismo, que si la enseñanza de español para extranjeros, que si administrativo, estoy candada de engañarme con que algo va a salir. Quizá debería prepararme unas oposiciones (para los que no lo sepan, son duras pruebas para acceder a empleos públicos, que son lo mejor de lo mejor, un sueldo en condiciones y un horario envidiable). Pero no, la ansiedad me trepara el cerebro, la comisura de los ojos se irrita, tengo que trabajar YA! La Alhambra, Sierra Nevada, el Albaicín y el Sacromonte no consiguen calmarme, la película de esta ciudad está velada, sólo consigo ver sombras y moscas, árboles marchitos, remedos de ríos que huelen a diarrea. Ni siquiera un trabajillo menor vendiendo en una tienda podría conseguir y todo por sudaca, qué lastre! En esta ciudad a lo que más se puede aspirar es a limpiar casas o servir mesas, y bueno, no los culpo, ya sé que no hay cama pa’tanta gente. Muchas veces lo he dicho, si he de malgastar mi vida en cosas así, para eso me voy para Inglaterra (léase Alemania, Bélgica, Suiza, etc), al menos ganaría un idioma, que algo es, pero aquí se quedaría en esfuerzo anodino, guácala!

Después de cavilar sobre lo que debería y no debería termino alejando esos malos pensamientos y me vuelvo a dar ánimo con lo de las oposiciones; luego me entra el miedo al fracaso… y si no lo consigo? Pues hacer las maletas y llevarme la música a otra parte.

Ya me desahogué, los 300 kilómetros en autobús los gasté pensando y durmiendo, ahora estoy como nueva, en Cádiz, un bello rinconcito del atlántico. Aquí estuve hace más de 5 años en sus carnavales, las chirigotas parodiaban a los políticos del momento, cantaban chistes de una realidad para mí desconocida, hablaban tan enredado que no me enteraba ni de la mitad de las cosas, pero también me reía sólo de ver a la gente reír. Hoy otra vez aquí pasando un fin de semana de no pensar. Lo suyo es comprarse un cucurucho de pescaíto frito (lo envuelven en papel como si fuera maní) y una tortilla de camarones en una esquina, sentarse sobre la arena dorada, comer y ver el mar, comer y ver el mar.


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martes 11 de septiembre de 2007

10 años atrás mi mundo estaba rodeado de literatura rusa y versos de los poetas malditos, era bueno hacer equilibrio en el alféizar y tomar el sol, era bueno caminar con los pies desnudos sobre los trozos de los principios morales que desgajaba contra el suelo cada segundo.


Un día, mientras me burlaba de todo, un violinista tocó un Allegro con mi pelo y se fue para Rusia dejándome sin música. Lo último que supe de él fue una postal enviada desde la casa de Papá Noel a mi dirección y mi apellido, pero a un nombre diferente, una tal Sandra que en ese momento maldije no ser. Pasaron los años, uno tras otro, hasta que nos volvimos a encontrar ya con nuestra vida hecha. Mi marido y yo en su casa, intercambiando sonrisas con los niños y palabras con su mujer. Quién iba a pensar que 10 años después, a 10.000 kilómetros del último beso, nos abrazaríamos como viejos amigos?

jueves 6 de septiembre de 2007

De los amores negados


Dolor y poesía

Fianma y Martín empachados de amor, sintiendo hasta el tuétano, con la piel arrugada de tanta humedad, a sus pies las olas hamacándose, brindando con ellos el vino espumoso de sus venas. Ella con una sensibilidad arrolladora estampando atardeceres en su memoria, mientras él se entretenía coleccionando caracolas. Pero sin darse cuenta la magia es engullida por la cotidianidad y el trabajo. 18 años después el paisaje tropical se torna mediterráneo y obliga a abrigarse el alma. De pronto un hombre capaz de esculpir rocas como el viento; de pronto una mujer solitaria ríe. Y el realismo mágico toma las riendas, dejando a su paso una nevada negruzca sobre Garmendia del Viento, un pueblecito que sabe a pepa de mango y coctel caribeño.

No se dieron cuenta cuando el corazón dejó de cabalgarles desbocado entre sus abrazos para ir a dormir taciturno entre la almohada; ni notaron el quejido del tedio, ni el medio luto que les insinuaba su muerte. Dejaron de mirarse con el alma y comenzaron a verse con los ojos. Se empezaron a descubrir las pequeñas arrugas de los comportamientos indebidos, las carcajadas ordinarias, las toallas mojadas amontonadas en el suelo del baño, los desórdenes, los dentífricos mal aplastados y mal cerrados, las camisas arrugadas, los desayunos de diario abierto, el café frío… o muy caliente, el arroz desabrido, la tapa del váter rociada de pequeñas esferas de orina, y hasta la boca pastosa de los despertares, ya no a punta de beso sino a punta de despertador ronco y aburrido Pero a ellos les pareció lo más normal del mundo; total, no iban a estar toda la vida subidos a lo más alto de la ola. La vida les había enseñado, por experiencia de otros, que todas las parejas estables terminaban “estableciendo” su rutina, y eso significaba seguridad, solidez de mesa de cedro, inamovible en peso y forma. Estaban pues salvados de rupturas y fragilidades

Hermosas figuras como la lágrima que petrificó el viento convirtiéndola en diamante, que horas después volvería a su estado primigenio para estrellarse contra el plato de la cena. El libro está lleno de parajes como este, hechos para deleitar paladares exquisitos. Con su lírica fresca e intimista estudia las emociones, las diviniza y luego con una risita macabra las humaniza.

Fianma es de principio a fin el centro de la obra “De los amores negados”, desde su sillón de psicóloga pasan filtrados todos los personajes, con sus perfecciones e incongruencias; nos muestra lo que son y lo que somos.

Ángela Becerra nos cuenta una historia en la que el amor fluye, crece, madura, muere y reencarna. El olvido de remendar los descocidos del amor es la perdición, cuando menos te los esperas sólo hay hilos huérfanos que nadie puede salvar, y la melancolía se acuesta a tu lado para acompañarte el resto de horas que te quedan, y entonces te invade una certeza: el poco talento que tenemos para ser felices.