lunes 12 de octubre de 2009

Los vapores del hamman


Era el cuarto día de Ramadán. Nos bajamos del ferri desplegando los ojos a la espera de ser sorprendidas por una tierra nueva, y el caos del tercer mundo no se hizo esperar. La española, a veces maravillada, nos hacía maravillar también, pero muy pronto las reminiscencias de nuestras raíces nos maltrataban. Con el montón de gente en las calles caminando despacio, la cubana pensaba en la isla real maravillosa donde el concepto del tiempo es tan diferente, donde a nadie le preocupa esperar una hora el autobús y el tren puede pasar a cualquier hora; y yo pensaba en esa Colombia estridente que me llevó a necesitar una nada pequeña dosis diaria de sertralina. Todos dicen que hicimos muy mal en venir en época de Ramadán porque todo está muerto, es verdad que cada día nos cuesta un buen rato encontrar restaurantes abiertos antes de las 19 horas, pero también es verdad que gracias a eso apenas hay turistas y la mayoría de lugareños, durante el día, está en sus casas rezando y descansando, en una palabra, haciendo más fácil sus horas de ayuno. Lo que he visto de estas ciudades es un caos grotesco, no quisiera ni imaginarme lo que sería este país en situación normal.
Kilómetros de playa con nada más que unos pocos hombres que refrescaban su chilaba bajo el rumor de las olas, y de repente presentimos a un barbudo langaruto, las rocas parecían crujir con él en medio, eran el escondite a su cuerpecillo desvalido. Su capucha respingada ojeaba al cielo, parecía no inmutarse por el arribo del pecado, orquestado con la oración liberadora de su mano en la entrepierna. Su pulso seguía acelerándose mientras continuaba mirando, aceptando el ángulo de visión mediocre que tenía de nosotras, pero sin probar a acercarse, ni decir una sola palabra. Así que nos dejamos mirar sin miedo, guardando silencio para no molestar.
Para la gente no éramos más que tres mujercitas del primer mundo viendo la miseria a través de la ventana, quizá para regodearnos de nuestra suerte y así olvidarnos de nuestro monótono, triste y desabrido mundo. Nos veían como billetes con piernas, nos ofrecían insistentemente cientos de cosas, nos pedían dinero, nos castigaban doblando o triplicando los precios de todo, incluso de un plátano o de una botella de agua -que luego descubriríamos estaban falsificadas. Sí, reciclan los pomos que se encuentran, los rellenan con agua de la llave y habilidosamente los hacen parecer herméticos, como salidos de fábrica-. La cubana y la española, siguiendo al pie de la letra las indicaciones recibidas en España, muy responsables y cuidadosas, compraban su agua en las tiendas con mejor aspecto de la ciudad; pero yo, desconfiada, y resignada a contraer diarrea, me atragantaba con agua del grifo y con otra cogida de la montaña por los niños bereber que pululaban en los caminos. Ellos la adornan con una hoja de laurel que deja un mal sabor de boca, pero con este sistema de la hoja flotando, obviamente, no se toman la molestia de hermetizar la botella, y entonces de este modo no me sentía engañada y la compraba sin más.
Como en viaje que se respete, había rencillas entre nosotras, nos disputábamos el liderazgo, argumentábamos el paso a seguir, nos contradecíamos, regañábamos e ignorábamos, teníamos los nervios ondulados, inmanejables, a veces ya cansadas de pedir rebaja y de intentarlos disuadir para que nos cobraran lo que era, nos dejábamos timar sin rechistar, pagando dos kilos de fruta sabiendo que había uno y medio. La tristeza, impotencia y todo junto se nos atragantaba. Derrotadas sacábamos fuerzas de no sé dónde para redimirnos otorgándole la culpa a la otra, liberadas seguíamos andando.
Cerca a la Kasbah de Tánger nos detuvimos a comprar un pan redondo y calientito que bien podría tener funciones de “frisbee”, y en nuestra tan acostumbrada indecencia nos malentonamos con el vendedor. En esas llegó María, una transeúnte cualquiera, tan española ella, con su olor a cebolla jugosa recién partida, como para hacer llorar. Ella con su batola de flores rojas y azules nos metió nuestra merecida regañera diciéndonos que el precio pedido por los panes era lo justo, que qué nos estábamos creyendo y que pagáramos o nos fuéramos. Cuando nos disculpamos diciendo que era nuestra primera vez en Marruecos y la primera vez que salíamos de nuestro pueblo, se ablandó María. Menos mal no se quiso fijar en la entonación de Carmen y la mía, las cuáles distaban mucho de las de una española de cuna. Terminamos paseando tras ella por las callejuelas de la medina, mientras escuchábamos su vida, que si la guerra civil, que si la dictadura, que con 16 años había huido de todo eso a trabajar a Marruecos, que allí había hecho su vida y se había casado con un árabe que, pese a su esfuerzo, no consiguió convertirla en musulmana. Nos dejó en un restaurante de aspecto sucio que nos recomendó y se despidió riendo.
Luego fuimos a la estación de autobuses a averiguar los horarios y destinos para el día siguiente. Eva, con su francés fluido venido de los cuatro años que pasó en Marsella, hablaba con uno y con el otro. Tantas voces e información viniendo de todas partes la sacaron de quicio.
- No hay autobuses, los que hay salen a las 11:00 y regresan a las 15:00, con lo cual no podemos ir y venir el mismo día, éste país no está preparado para el turismo-sentenció- y tú, Carmen, llevas varias semanas estudiándote Marruecos y no has aprendido nada, ni sabes los lugares a los que vamos a ir, ni mucho menos cómo llegar.

Carmen, ofendida, la puso bajo un árbol amarillento, tan propio de estos paisajes desérticos, y le dijo que tomara aire mientras ella y yo íbamos a preguntar. Eso hicimos, cogimos nuestra libreta y transcribimos los horarios que estaban puestos en los tablones, luego encontramos a un hombre que con su español atropellado nos reveló algunos misterios de este país que no entendíamos. Muy bien, al otro día volveríamos a la estación, tomaríamos un taxi rumbo a Asilah. El hombre aseguró que nos cobrarían 20 dírhams (unos 2 euros), nosotras con nuestra desconfianza habitual se lo preguntamos a dos personas más, quienes nos repitieron lo mismo. Y volvimos triunfantes al encuentro de Eva, que seguía bajo el árbol amarillo.
Gritos, música, oraciones, el sonido amplificado violándonos, poseyéndonos, estallando por dentro cual bomba de 100 kilos puesta por la Eta o las Farc. Sin los tapones de mis afectos, que siempre llevo en el bolso para huir de situaciones extremas como esta, no habría sobrevivido para contar esta historia.
Carmen y Eva caminaban sin reparar en los machos jadeantes que nos miraban como su presa, mientras yo las miraba con envidia intentando entender el porqué yo me empeñaba en prestarle atención a esa bobada. Desde los muchos taxis y autobuses que tomamos, veíamos de frente, bueno, más bien de lado, las terrazas de verano en las que se sentaban los tíos antes de las 19 horas con las radios a toda ostia, esperando la palabra clave que anunciara el fin del ayuno. Ellos allí, tan tranquilos, con una vasija pequeña de harira, que es una sopa de fideos, guisantes y maíz; un vaso de leche y un dátil, y sin ansiedad alguna, luego de masticarse las palabras, metían suavemente la cuchara, llenándola sin sobresaltos. Al terminar se dedicaban a mirar al desprevenido que pasa, con las sillas ordenadas en filas y orientadas a la calle, o sea que la gente no está una en frente de otra, simplemente es más divertido descubrir desconocidos que repasarse una cara que ya te sabes de memoria. Machos y más machos, los machos en el bar y las mujeres en sus casas haciendo sus labores o caminando con los niños, o sólo sentadas en un poyete mirando también.
El día que fuimos a visitar Asilah, las 3 discutimos otra vez por una mezcla de costumbre y hastío. De camino a la estación Carmen y yo comentamos que el taxi cobraba 20, pero que no estábamos seguras de si era por taxi o por persona. Era absurdo que costara lo mismo un recorrido de 40 kilómetros que del hotel al centro de Tánger, así lo dijo la española y tenía razón. En la estación se nos acercaron 4 taxistas, proponiendo un precio diferente cada uno. Eva, con su rostro enrojecido intentó negociar con un muchacho que parecía bonachón. Nos montamos en el taxi, discutieron, nos bajamos, nos volvimos a montar. La letra chiquita era que costaba lo dicho pero llenando el cupo de 6, o sea que si nos íbamos solas tendríamos que pagar el doble. A la cubana y a mí nos pareció más o menos lógico el argumento del muchacho, deduciendo que nadie nos lo había explicado porque lo daban por sobreentendido, disculpándolos en parte; la portavoz pensaba que nos habían engañado como a niños y así lo dijo.
Bueno, entre discusiones bizantinas como estas, que no vienen al “cuento”, nos entretuvimos el resto de días que pasamos en el país.
Llegando a las casas azules de Chaouen que emulan el agua íbamos malencaradas, las supuestas dos horas y media de viaje se habían convertido en tres y media, en un autobús destartalado, cuyo aire acondicionado era la ausencia de puerta. Sobre la marcha la cubana decidió que se iría para Fez, yo por mi parte dije que me quedaría allí bebiendo té verde con hierba buena, pues no me compensaba aguantar 5 ó 6 horas más de viaje para ver más moros y más Medinas. Estaba claro que a ninguna de las dos nos daba miedo quedarnos solas, más producto de una combinación de imprudencia e ingenuidad, que de valentía; así que Eva podría decidir libremente si se iba o se quedaba. Cuando se decantó por la ciudad imperial, Carmen sacó del bolso unos folios arrugados que hablaban de Fez, empecé incrédula, pero terminé cediendo y montándome al autobús, esta vez cómodo, con aire acondicionado y semi vacío.
Tan pronto el autocar paró quisimos comprar el pasaje de regreso, pero sólo había a las 11:00 ó 23:30, nada entre medias por el Ramadán, entonces decidimos esperar al día siguiente para averiguar otras opciones. Una vez en la medina encontramos hotel y caímos privadas. Temprano nos metimos en las profundidades de esa medina de 46 kilómetros, 94.000 callejuelas, con pasadizos, escondites, calles torcidas y angostas por donde pasan los burros, así que tienes que estar al rojo vivo, pegarte a la pared como una lapa si no quieres terminar aplastado por aquellos animales de paso lento. Pasando por esos rincones medievales nos detuvimos a comprar unas chilabas, de segunda mano y que olían mal, pero baratas y bellas. Entre basura, excrementos, cabezas de vaca, moscas, dulces de frutos secos, especias, gritos, llorones y pedigüeños, de pronto una puerta que parecía hecha de punto y cruz se alza imponente, entreabierta, dejando ver el Riad que guarda. De este modo, nos sorprendimos muchas veces, cuando menos nos lo esperábamos, toma palacio! O una mezquita con paredes de arabescos que parecen acolchados e invitan a una siesta, como las que se echan los marroquíes dentro, luego de haber rezado inmediatamente después de la ablución en la que se enjuagan tres veces el brazo derecho, el izquierdo, la cara y los pies, en la fuente del patio principal.
Y también, de repente, el barrio de olor nauseabundo, que huele a cuero y caca de paloma y del que te tienes que proteger con una rama de hierbabuena. Allí estaban los hombres metidos de cuerpo entero en gigantes albercas de colores donde curten la piel. Hombres bañados de porquería cargando las láminas que servirán de bolsos y zapatos, y sin preocuparse por el reumatismo del que no se salvarán.
Al final del día olíamos mal, sin podernos despegar el olor de la ciudad nos compramos unas bragas y nos metimos al hamman. En la taquilla había una mujer delante nuestra, vimos que compró dos jabones, uno en barra color crema y otro amorfo, marrón oscuro, que se arrancaba con los dedos y se deshacía entre ellos. Le preguntamos lo que costaba –para evitar que el hombre nos dijera lo que le parecía-, la chica tenía unos 32 años y estaba embarazada, al ver que éramos nuevas en esto del baño árabe, nos mostró sus esponjas y nos hizo señas para que compráramos unas cuantas. Entramos. Lo primero que vimos fue a un grupo de cuatro voluptuosas mujeres en el mostrador, con los senos colgando. Luego había que coger dos cubos grandes y una tarrina, llenar los baldes de agua hirviendo para lanzar sobre la zona en la que nos sentaríamos, recostándonos a la pared como todas. Después venía el ritual de pasarse la esponja áspera con ensañamiento, hasta dejarse el cuerpo color rosa y arrancarse todo vestigio de células muertas. Madres e hijas raspándose mutuamente y echándose en sus pieles, a veces agua fría y otras caliente. Algunas llevaban allí más de dos horas, y todavía les quedaba un rato. Nosotras, sin el valor suficiente nos pasamos la esponja con cuidado, mientras las demás nos miraban y reían. Entonces se nos acercó la misma que nos encontramos en la entrada y nos empezó a arrancar tiras de piel muerta de la espalda, que caían asquerosas sobre el suelo quedándose entre baldosa y baldosa; luego llegaron dos de las mujeres del mostrador a lavarnos. Olían a axilas penitentes después de una semana, mínimo, de no haber sido pasadas por agua. Nos embadurnaron del jabón chocolate, nos pasaron la esponja dura hasta por mitad de los senos, nos levantaron los brazos y dieron la vuelta igual que a muñecas de trapo, nos estiraron los huesos y nos amasaron como a levadura, alternando siempre el agua fría con la caliente contra nuestras coronillas acaloradas.
Al salir, medio emparamadas –no llevábamos toallas- sentíamos que nuestros pies iban solos, con los músculos aflojados y pieles nuevas nos montamos al autobús de las 22:30, que pillamos en otra estación y, extrañamente, costaba la mitad del averiguado la noche anterior. Cuando ya no teníamos escapatoria, el habitáculo se llenó a tope. Antes de arrancar se montó una procesión de vendedores ambulantes a ofrecer desde el agua de botellas recicladas hasta gritos de imanes mal grabados en CDs, el último fue un manco que repetía las mismas tres palabras, se señalaba con su mano el muñón del otro lado e iba paseándolo triunfal por cada silla, como si de un trofeo se tratara, y casi metiéndotelo a la boca.

Por fin arrancó el bus, madre mía! Pero el alivio sentido duraría poco, la silla de delante oprimiendo las rodillas y el frío se metía por la compuerta del techo que iba abierta. Ellas medio dormidas aguantando como podían; yo con las manos metidas dentro de la camiseta que me subí hasta tapar la nariz, sujetando su cuello a mis orejas. En medio de este viaje interminable sacamos las chilabas. Sin tener más remedio que ponernos encima esos trapos sucios que olían a más que sudor, y sin pensar en que las pulgas obtendrían su banquete con nosotras, caímos en un sueño profundo.

Serenata de agua

El aire corría suave, los cojines acuñaban la espalda y mirábamos a través de las rodillas dobladas sobre el pelo parejo de la alfombra. El hombre nos trajo un espumoso té con un dulce que efervecía en la lengua, y empezó a sacar, una por una, la colección que tenía.

- «Na’am» para dejarla en el suelo y «Laa» si no les interés.

«Laa» gritaba la catalana, «Na’am» se aventuraba el holandés, y el luxemburgués sólo reía y miraba. La colombiana se dejó enamorar por los tejidos bereber venidos del desierto, con esas figuras repujadas que ya soñaba colgadas en su habitación como un cuadro sin marco para tocar en las noches de desvelo. Entonces sus ojos la delataron y se unió al juego. 350 dírhams pidió el bigotudo rechoncho. Ella ofreció 100. Él le dijo 250. Ella insistió en que más de 100 no daba. Él le habló de la dificultad de los telares y de los largos meses de trabajo. Ella se puso a pensar en los rostros ennegrecidos de los hombres del desierto, así que, fuera de sí, se le escapó un 120. Él, empeñado en vanagloriar la obra de arte que teníamos ante los ojos, la presionó diciendo que lo mínimo eran 150. La cubana, triste de que su amiga se quedara sin la alfombra le ofreció los 30 que faltaban; pero ella intransigente como era cerró diciendo 130 y no va más. El pelirrojo de Luxemburgo y la catalana de cabello lacio, que se movía como aleteado por su propia respiración, se llevaron también una alfombra cada uno, de esas de doble faz que se pueden usar dependiendo del estado de ánimo.

Llevaban en bolsas negras la compra. Los europeos con el ceño semiarrugado se fueron preguntando precios en cada nueva tienda.

- Pagues lo que pagues de estos sitios siempre se sale con la sensación de haber pagado más de lo que era – les dije.

- Si, además nosotros como no venimos de la cultura del regateo se nos ve poco diestros, a veces obtusos.

- O casi siempre.

Se relajaron pensando que habían comprado ejemplares hermosos y únicos y sabiendo que era mejor sumirse en la ignorancia para seguir sonriendo el resto del viaje. Continuamos caminando, al dar la curva nos encontramos de frente con una fuente al mejor estilo árabe, con piedrecitas diminutas de colores rodeándola y que le daban visos de arcoíris al agua que brotaba. En medio colgaba un vasito de plástico rosado del que todos bebían. Las niñas sumergían la lengua, hinchaban los pómulos y le lanzaban el agua a unos narcisos blancos y amarillos, que parecía habían crecido por error en una amplia grieta del cemento. Después de cumplir con su objetivo de duchar de pies a cabeza a las flores, se percataron de nuestra presencia, dijeron algo incomprensible, llenaron el vasito rosa de agua fresca y me lo dieron.

- Me lo bebí de un sorbo y les dije «sucran». Ellas rieron a más no poder y se fueron. Más adelante me enteraría de mi error, puesto que «sucran» significa borracho, nada que ver con el «shokran» con el que les quise agradecer. El holandés, la catalana y el luxemburgués siguieron su camino, entonces nos quedamos Carmen, Caro y yo recorriendo los milyunochescos laberintos de las calles de la media de Fez.

Un paso más y nos topamos el olor a especias y el sabor de los dátiles poniéndosenos en el paladar. Otro paso y el polvo metido en sacos de hule separado en 11 colores fuertes expuesto para comprar a granel. Era la hena que usaban las mujeres para adornar sus manos y sus pies. Ellas, tan poco interesadas en escotes y ajustes que delineen sus curvas, dejan todo su erotismo a la mezcla de colores y formas que trenzan por sus nudillos, se separan y se buscan por entre los dedos, en un ejercicio de sensualidad en toda regla. Por las calles sólo veía los dedos de esas mujeres cubiertas y la silueta de los cuerpos bien hechos de esos hombres que invitaban a soñar.

Ahora me acordaba de los camellos que había por los caminos, sobrepuestos al cielo y al mar. Cuando estuvimos en las grutas de Hércules – ese lugar mitológico donde el héroe solar descansó después de separar África de Europa- viendo cómo las rocas caprichosas esculpieron sobre sí mismas el mapa de África, de camino al Cabo Espartel, nos encontramos con aquel animal cuasi sagrado bañado en oro. Su caca es utilizada como pomada eficaz para el dolor de cabeza, y por 15€ se puede conseguir un litro de su leche, preciada por valores afrodisíacos capaces de animar al macho más arisco. Así que ahora viendo este desfile de hombres con batas tan fáciles de poner y de quitar, era imposible no jugar a adivinar cuál de ellos había bebido del líquido bendito.

El día que visitamos Asilah no hacía tanto calor, a pesar de estar en pleno agosto, los vientos cargados de arena del Sahara estaban tranquilos. Al llegar nos encontramos con una ciudad chiquita pero despampanante, de calles estrechas y empinadas desde las que se ve el mar. Por allí paseamos respirando la calma que no volveríamos a encontrar ni en Tánger, ni Chaouen, ni mucho menos aquí en Fez.

Durante todos estos días nuestra principal labor ha sido congelar imágenes que nos servirán para el número de Marruecos que publicaremos el mes entrante en la revista. Entre tanta foto mala hemos conseguido alguna que otra buena, no exenta de sudor, puesto que la mayoría tuvimos que tomarlas a escondidas, con mucho cuidado de no ofender a su Alá. Cuando el hombre representa está incurriendo en competencia con el Creador, además la fotografía puede ser una promulgación del culto al cuerpo y a la estética, valores que los musulmanes no comparten. Así que con la cámara al cuello, obturábamos el diafragma sin mirar, o se ponía una de nosotras delante de la persona-objetivo posando a ser el centro de la foto, mientras la otra hacía la que enfocaba para otro lado y disparaba. Pero el truco no siempre funcionaba, a veces uno que otro nos regañaba con una voz salida de debajo de la barba, haciéndonos correr. Desde niños aprenden la regla, incluso los más pequeños al vernos levantar el objetivo agresor comenzaban sus negaciones y a usar sus manos para cubrir su rostro.

En las calles se veía gente sentada en sus sillas leyendo el Corán, rezando o escuchando el paso del tiempo; hombres, muchos hombres dándose muestras de afecto que nada tienen que ver con la homosexualidad, entonces sonreí viendo a ese señor arrodillado frente al viejo que descansaba en su silla, con un brazo sobre su pierna y con el otro cogiéndole la mano.

Luego de una caminata de 8 horas por la medina de Fez nos dieron las siete de la tarde, en segundos la calle se quedó limpia de gente: era el momento de comer. Aunque nos sentíamos aliviadas del barullo, empellones y los constantes ofrecimientos de hachís; por otro lado sabíamos que era la hora a la que el riesgo de tres mujeres solas en Marruecos se triplicaba, pues hasta la policía estaba comiendo. Y en esas se nos acercaron dos muchachos de dientes marrones ofreciéndonos su virilidad, otra vez pensé en los camellos, por lo que tuve que ahuyentar mis pensamientos con un abanico típico español. Al final se fueron conformados con el billete de les dimos.

Las sombras agrandadas de las frutas desperdigadas sobre el cemento, nos asustaron, entonces buscamos refugio a nuestros miedos en un baño típico árabe. Corría el agua, desnuda, sin tapujos, ni vergüenzas. Las cabelleras negras y largas, por fin libres de velo, brillaban entre las gotas de agua, las figuras pintadas en sus manos y pies empezaban a desfigurarse, a dejar su piel en una limpidez que asustaba. Después de haberlas visto en la calle guardando su honor de las miradas masculinas, allí estaban, con sus pezones, viscos, puntiagudos o agachados; tan libres de pudor. Me gustaba escuchar correr el agua hirviente y verla caer en mi piel achicharrándome el cuello, para luego chorrear el agua fresca de la coquita recién llenada, por los dedos de los pies, llenarla otra vez e ir subiendo.

Al salir, por el mismo pasillo por el que habíamos entrado, descubrimos una escalera. Subimos sigilosas pensando en que podría ser algo prohibido, pero no encontramos nada surrealista ni espectacular, sólo una habitación vacía con una pipa de esencia de frutas y una ventana. No era una ventana cualquiera, era una celosía antigua desde la que seguramente alguna mujer había mirado sin ser observada. Carmen desenrolló la alfombra y se sentó a pensar.

Eva y yo plantadas viendo a la gente que pasa hasta que nos dolieran los ojos. Desaparecí unos segundos en busca de un cuarto de baño, y me llené de odio, de nuevo me tocaba orinar en un baño turco, un plato de ducha con un agujero en medio que olía a batido de excrementos, con un grifo y un cubo para despedir una parte de porquería. Mareada, como pude, en cuanto entré me quité los pantalones enteros, los colgué en la puerta para evitar que se escurrieran y tocaran el suelo infesto. Cuando me levanté, los pantalones habían desaparecido. Me quedé allí un largo rato, gimiendo de rabia, respirando los hedores de otros cuerpos, y culpándome, sí, sobre todo culpándome por haberle devuelto a Eva sus ojos de europea.

jueves 16 de julio de 2009

Un trago de ron

El mar hoy no tiene gas, alguien se lo sacó anoche en un descuido de la arena. Pero la estridencia de las risas disimulan la mudez de las olas, y nadie se entera de que el mar le ha cedido su papel de musa a un borracho para que lo vomite a su avío. El dedo pulgar en la barbilla, dibujando un signo de interrogación en mi rostro cuando camino en la orilla golpeando las olas, como para vengarme del hastío que me produce estar aquí. Al mismo tiempo en que el perfil de las palmeras se clava en mi entrecejo y el sol pinta la piel que se deja ver, el sonido del mar me taladra la sien y me cuesta respirar. Como una condenada me paso el día entero tirada en la arena, soñando con la sonrisa clara y la piel con historia de la gente real que camina al otro lado haciendo música con cada paso. Aquí el mar tiene un sonido realmente triste, los pies cubanos no alegran esta arena, y yo me muero de ganas de estar al otro lado del espejo, aunque la cisterna sólo funcione con cubos de agua y tenga que esperar durante una hora la guagua mientras hago la fila para comprar el pan.

Necesito quitarme las orejas por un momento, plantarlas en un jardín para que estén a salvo y así mismo ponerme a salvo también. Tengo que escapar de este lugar soleado pero lúgubre, el regetón que escucho cada día me ha borrado la sombra de mi pelo y me está robando mi mirada de claro oscuro.

Todos tan felices en su mundo irreal de hotel “all inclusive” con playa propia y un estúpido trencito para ir al Centro Comercial. Para ellos es suficiente con comer, cagar y comprar. A quién le interesa ver el país que visita y conocer a su gente? Con lágrimas evaporadas que me resbalan por los senos, me doy cuenta que estoy en el lugar equivocado y no puedo evitar sentirme mareada y asqueada en esta burbuja que no me pertenece. Otro ser humano más sensato que yo, sería realmente feliz aquí, lo sé… Tan cansada de esto, de cuando en cuando me siento en una silla del Centro Comercial a hablar con la gente de cualquier cosa y sin poner excusa. Pero en breve tengo que seguir con esta farsa de mirar cosas y mostrar interés por los artículos inútiles que acaban de comprar y que terminarán en el contenedor muy pronto.

Quiero pinchar con uñas, dientes, clavos y lo que haga falta, esta burbuja y salir corriendo para siempre. Tengo que escapar!

La primera semana caí en la trampa de Cuba por ingenua, después de haber pagado 11 CUC por una llamada de 15m a la Habana supe que tenía que encontrar una mejor manera para hablar. Pocos días después me conseguí una “tarjeta propia” y por el mismo tiempo de llamada pagué alrededor de 5 pesos de moneda nacional, alrededor de 15 cents de CUC. A los días necesité lavar ropa y los desorbitados precios de la lavandería del hotel me obligaron a llegar a un buen acuerdo con la lavandera, que funcionó bien hasta que una de las dos lavadoras se estropeó y tuvimos que optar por opciones como secarme la ropa que había lavado a mano, o la de la lavadora que me traía mojada de su casa la mujer de la limpieza. Estos niveles de corrupción tan maravillosos sólo son posibles aquí y no dan remordimiento alguno porque sirven para que la gente viva un poco mejor, con una pensión de 7 CUC al mes o un sueldo de 12 todo es limitado, y hasta comer bien no es más que un privilegio de pocos.

Duelen los ojos pliegues de los ojos de tanto ver, a los zapatos de ella se le ha salido una puntilla y se le está clavando por debajo de la uña; saber que comer tres veces al día es un lujo para muchos en este país de contrastes y que con revolución y sin ella siempre habrán clases sociales… la pareja de alemanes con la que gasto las horas no entiende por qué los cubanos son tan felices sin tener nada, quizá la respuesta está en que tienen música en las venas. El hombre que pone el café destila ritmo por sus manos, la mujer que hace las camas respira siguiendo el coro de fondo, y yo, de repente me sorprendo bailando sin música, como protagonizando un ritual santero. Las berenjenas se están pudriendo al lado de la tumba como lo ordenaron los muertos y los tambores africanos se escuchan a lo lejos.

A punto de desatornillarme la cabeza se me ocurrió tomar el estúpido trencito con destino al dichoso Centro Comercial, con la intención de cambiar dinero a moneda nacional, para pasado mañana volver a la vida, plantarme muy a las 6:00 en la carretera a “hacer botella”, es decir, echar dedo hasta que un buen samaritano o alguien que necesite dinero, me lleve a Varadero, que está a 10 kilómetros. Y allí esperar a que una guagua que venga de otra ciudad y vaya para La Habana me quiera llevar por uno o dos pesos. Feliz con mi plan me pongo a buscar una Cadeca (casa de cambio). Del Centro Comercial me mandan a un hotel y del hotel a Varadero, así que la botella empieza antes de lo esperado… Un simpático tío me recoge en su escúter, me lleva a mi destino y cambia el dinero por mí. A la vuelta, haciendo botella, se detiene un hombre en una guagua, paramos en mitad del camino a bajar cocos y beberlos, y a sentir el viento. El día ha valido la pena, al menos por hoy he conseguido llenar los pulmones con aire que huele más a piel que ha sal.

Las palabras enredadas entre flores recién nacidas

salidas de los dedos a la madrugada por pura necesidad

porque estaban haciendo daño dentro,

tantos versos cociéndose debajo de la piel

por culpa de esa canción, de esa forma de traspapelarme el alma

cuando la existencia deja de pesar y sólo importa la música.

Las palabras vertidas por los poros

que como tacitas de té son bebidas de un único sorbo

por el lápiz y el papel de la memoria,

que son los que mejor entienden este estado desprovisto de tiempo

cuando se es más que feliz

Ya vacía de palabras

las caderas y las maracas se alzan. Sólo queda la música!


Familiarizada con esto del autostop, al día siguiente de nuevo me fui a Varadero a encontrarme con un mulato de mirada verde que encandilaba, y que trabajaba en el hotel. Fue una buena tarde de hablar y caminar sin prisa. De vuelta, durante 40 m estuvimos esperando la guagua, pero nada de nada, yo nerviosa, no sabía cómo decirle que pasara la calle y me dejara sola, sabía que de ese modo sería mucho más fácil llegar pronto a mi destino, porque a una mujer sola siempre la ayudan. Nunca sentí miedo, de hecho aquí todo el mundo hace botella a diario. El chico entendió mi razonamiento y se fue. A los 4 minutos ya estaba felizmente montada en una guagua que me adelantó un cuarto del camino, y cuando me bajé sólo tuve que esperar un par de minutos para que una pareja se detuviera.

La manecillas del reloj formando una línea vertical continua que me delimita en el punto cardinal cero para comenzar la travesía, sin adivinar que 10 horas y media después estaría buscando en la penumbra desesperadamente una guagua o máquina que me trajera de vuelta a Varadero. En la noche muchas zonas de la ciudad asustan, mi suerte era ir de la mano de una habanera, al menos si todo fallaba tendría un colchón desde el cual podría escuchar los pasos del reloj. Desde que salí del hotel en la mañana he conocido a mucha gente que me ha ayudado sin pedir nada a cambio (o quizá me lo han pedido y yo no me he dado cuenta, puede ser). Una de las cosas rescatables de este sistema es que hace que la gente comparta lo poco que tiene, un día das tú, otro día recibes, el grado de amistad al que se puede llegar aquí creo que es mucho más profundo e incondicional que en otros lugares. Lo que no puedo soportar es que por otro lado haya un montón de gente que quiera aprovecharse de mí porque soy turista, o bueno, ellos creen que lo soy. A las 6:30 pude tomar la guagua para Matanzas pagando en moneda nacional sólo porque un cubano habló por mí, de haberlo hecho yo con mi acento habría tenido que pagar 24 veces más. En Matanzas conseguí rápido una máquina para La Habana, porque sólo dije 2 palabras y no me descubrieron. Aquí dependo de los demás de una forma que me resulta vergonzosa, por culpa de este individualismo al que ya estoy habituada. El regreso fue una verdadera odisea, por haber abierto la boca más de la cuenta. 5:30 de la tarde, en la terminal me dejé pillar, se regó la bola y todos me miraban como si fuera culpable de no ser de aquí y me querían hacer pagar un alto precio por ello, así que decidimos ir a probar suerte a la otra terminal de ómnibus y dejar que mi amiga resolviera todo por mí. Para llegar allí tuvimos que caminar, más bien correr, alrededor de 25 minutos y esperar la guagua otros 30, así que cuando llegamos ya eran casi las 7 y mis posibilidades de éxito se extinguían a una velocidad asombrosa. El conductor de la máquina nos preguntó que si íbamos para Varadero o Matanzas, pero los casi 70 años de mi amiga no la dejaban escuchar, y mi pecado de no ser de aquí no me dejaba responder. A la tercera vez que preguntó, el pellizco que le metí la hizo responder; entonces me monté asustada con los dos tipos en el coche destartalado que no podía ir a más de 70 km/h. Si nos cogen en un control éste tipo se metería en un problema grande por transportar a una “turista”, se supone que yo debo coger el transporte que me toca sin hacer preguntas…La cosa podría tan grave que hasta el carro se lo podrían quitar. Yo en silencio, llenándome de culpas y esperando llegar al menos a Matanzas para empezar a hablar. Acorde a mi plan, cuando vi el letrero de Matanzas sabía que estaba salvada y aunque me obligaran a bajar del carro podría conseguir algo para llegar a mi destino. Lo bueno de haber hablado fue que una vez el muchacho y yo nos bajamos, me acompañó a la carretera, detuvo la guagua, habló por mí e incluso tuvo la cortesía de pagarme el pasaje. Es maravilloso encontrar gente así por el mundo, dan ganas de pillar la sombra de éste día con un alfiler cualquiera y clavarla en el álbum de los recuerdos, dan ganas de destemplar el rumor de las olas por el placer de afinarlas con la punta de la lengua, dan ganas, dan ganas, hasta de quedarse aquí, al menos por unos años, supondría renunciar a muchas cosas por otras; no debería ser tan duro.

Las historias bellas de esta isla me las encontré en la calle haciendo botella. Otro día, tentada con la idea de irme a Matanzas, me monté en una guagua cualquiera, al poco rato se sentó a mi lado Vidal, un hombre de unos 50 años que sería mi guía en la ciudad. Nos bajamos en el teatro Sauso y me invitó a un café en la casa de los artesanos. Él iba a solucionar unos asuntos de trabajo, así que quedamos de encontrarnos una hora y media después. Ese rato lo invertí en retratar la vieja ciudad y entrar gratis al Palacio de Junco haciéndome pasar por cubana. Después de esperar al hombre un buen rato me puse a conversar con un anciano, le pregunté si podía cambiar un billete, porque necesitaba una moneda para pagar el autobús, ya que aquí los conductores no dan devuelta, los pasajeros depositan el dinero en una alcancía transparente gigante. El hombre no tenía para cambiarme, pero a cambio me ofreció con insistencia el peso que me hacía falta. Al ver que mi nuevo amigo no aparecía me puse a esperar la guagua hacia Monserrate, 30 minutos después me aconsejaron que tomara un taxi en frente, y cuando estaba atravesando el parque me encontré a Vidal, gran salvación! Porque así tomaríamos un taxi local y pagaríamos con moneda local. Después de ver a Matanzas desde lo alto, gracias al autostop llegamos de nuevo a la ciudad, y luego tomamos una máquina para ir al punto donde pasa el transporte a Varadero. Después de 45 m de tranquila espera para él y cansina para mí, entendí que todavía tengo mucho que aprender aquí.

Ya en Varadero cogí la guagua de trabajadores hasta el hotel y Vidal se sentaría a comer con el dinero que le había dado, al menos eso dijo, o quizá se iría para su casa de Cárdenas (el pueblo de Elián, recordáis la historia del niñito cubano que no quería devolver EEUU?) y haría rendir los CUC lo mejor posible. Cuando llegué el guardia del Hotel se interpuso en mi camino y con un “chica, ven pa’ca, tú qué quieres”, supe que mis ojos se habían cubanizado y que, para mi dicha, jamás volvería a ser la misma.

sábado 12 de julio de 2008

¿Quién salvará a la ex-Lolita?

¿Quién salvará a la ex-Lolita?

A mis amigos, que son pocos, los vi y palpé como una niña que apenas reconoce el mundo, me hacían falta abrazos para decirles que los quería, me dio gusto volver a tener cerca las rarezas de esa partida de asociales con los que me reúno a compartir soledades. De Mariposa Vagabunda, mi única amiga, no me quería ni despegar, mientras nos lamentábamos la suerte de siamesas separadas nos contamos lo que habían sido nuestras vidas, a veces hablando, otras en silencio. El resto de tiempo se me pasó entre visitas médicas y huidas de los locos, la primera por hipocondría insaciable, y la segunda por sujetos que me persiguen hace más de 7 años.

Todo empezó en el 95. Yo era una Lolita con un extraño encanto, sonrisa dulce pero brazos moldeados por las barras y las flexiones de pecho, una belleza irreverente que desconocía el maquillaje y los pendientes, y que para nada encajaba en los cánones estéticos del momento. Esta niña, que dormía abrazando a su muñequita de siempre y leía a los rusos en el umbral de una hora y la siguiente, llegó por una jugada del destino, al grupo literario El Círculo. A su creador, Julián, le conocí en la casa de un viejito que anunció en el periódico su deseo de conformar una sociedad secreta poético-literaria, pero allí no duré más de cuatro reuniones, la risa estridente e inocente que me producían los textos del señor no me dejaron regresar. El vaso se rebosó cuando leyó el poema del gatito enamorado que robó un salchichón. En fin.

A los días, Julián me invitó a su grupo, supuestamente por mi calidad literaria, pero hoy tengo serias sospechas de no haber sido más que producto del perfil de mis senos. Este hombre, de unos 30 años, tenía en su cabeza una baraja hecha con una única carta, se la pasaba en su habitación de baldosas blancas y negras, como juego de ajedrez, escondiéndose de las miradas de la hermana que jamás le perdonaría la osadía de haberle declarado su amor profano.

Generalmente, usa una camisita a rayas que lo identifica como prisionero del mundo. En la mañana, sale a trotar y montar bici, luego a dejar las flores del servicio a domicilio del negocio familiar. A medio día, ubica un colegio cualquiera y se sienta a ver salir a sus Lolitas adoradas. En la tarde, alterna la lectura, las persecuciones a conocidos y la escritura de panfletos -contra los escritores preferidos de la muchachada caleña, los cuenteros y las mujeres; y a favor de los violadores, el catolicismo y la ultraderecha- que luego pegará en las universidades y repartirá en las calles negando su autoría. Aunque se ganó más de un problema continuó su militancia sin preocuparse demasiado.

Pero su pasatiempo favorito era ahuyentar mujeres. Al principio se mostraba como todo un caballero: correcto, moderado e inteligente; pero pronto empezaba a perder los nervios y se ponía a maquinar trampas que le abrieran, en su lugar, las piernas a las chicas. En parte las veía a todas como unas puticas, capaces de absorberle su ansiedad, nada más! De mí les decía a sus colegas literatos que era del tipo de mujer que disfrutaría de una violación. Bahhh, cosas como estas me las contaba y recontaba Cristian, otro de los del Círculo. Con el fin de producirme un estado histérico-paranoide se ensañaba en detalles de las intenciones, que tenía el hombre de camisita a rayas, de “accederme” y secuestrarme en un sótano para obligarme a quererlo. Bueno, pero y qué hay si soy yo la que le tiende una trampa, y lo ata de piernas y brazos? Quizá la altivez de una lengua, creando también palabras, rompería su horizontalidad, para después escondérsela con el centro de su cuerpo.

De vuelta a la realidad, de nuevo me acobardaba. Lo veía sigiloso detrás de los árboles, escuchando el correr de mi sangre. Estaba más que advertida que aquel hombre tenía el don de escucharle el pulso a la gente con sólo mirarla, así que podía saber muy bien cómo y cuándo se alteraba cualquiera, y entonces proceder a su adorable terapia de choque. Tenía mucho miedo, sí, aunque era un miedo extraño. Porque a la vez, cuando me encontraba con su alma en forma de panfleto, cuento o sombra persecutora, me hacía reír. Pero no no no, echando mano de una pizca de cordura continué evitándolo.

Y el gran Cristian se volvió mi amigo. Este negro, alto y gordo, de unos 25 años, trabajaba de compañero de su madre, no le hacía mucha gracia el mundo en el que le había tocado vivir, y amaba a los asesinos en serie, con cuyos rostros decoraba las paredes de su habitación. En sus ratos libres, o sea casi todos, se disfrazaba de jacker, se entretenía con el cine y la T.V. y huía de los fantasmas de su mente paranoide. La relación era tensa y, sin terminar una discusión, entrábamos en otra; pero también hay que decir que la pasábamos bien fotografiando a los desprevenidos de la Galería Santa Elena y los alrededores de los caños de la ciudad.

En los demás integrantes no vale la pena detenerse, sólo mencionar que uno era honguero y esquizofrénico, otro un estudiante de derecho que le cantaba a la muerte y, el último, un teatrero convertido al catolicismo, después de haber hecho parte de una secta satánica. Sin culpa, terminé en medio de estas personalidades, atrayendo las miradas de un grupo de misóginos al que, como es obvio, jamás mujer alguna había entrado.

Al poco tiempo de estar allí empezaron los acosos sexuales y sus disertaciones sobre mi calidad de Lolita, así que no regresé ni por error. Pero ellos me seguían de cerca con los artículos que publicaba en el periódico, observaban mi estilo, estudiaban mi evolución y criticaban con ahínco. Un buen día el señor Julián le envió una queja al director, sobre una reseña que escribí de La Caverna de José Saramago, y se hizo pasar por un anciano ofendido. Hmmm, eso fue lo último que supe de él. Y en cuanto a Cristian, pasaron muchas noches en las que traté de olvidar que algún día había sido mi amigo. Me hizo daño, ese fue el punto final.

Luego vino mi viaje a España. Cuan equivocada estaba! pensando que mi ausencia les calmaría y que no tendrían más remedio que buscarse a una nueva Lolita...

- Mijita, ha venido varias veces a buscarla un joven apuesto y bien presentado, dice que fue compañero de universidad – dijo mi madre.

- Cómo se llama?

- Me parece que Juan Felipe

- Y qué quería?

- Le mostramos los artículos que nos mandó de España, estaba muy interesado en saber de usted, ese muchacho parece que la aprecia mucho. El muchacho nos pareció muy amable, aquí estuvo tomando juguito y viendo sus fotos.

No hizo falta preguntar si sabía que yo vendría, sólo fue esperar a que sonara el teléfono y me saludara Julián desde el otro lado. Pero por qué me seguía? Quería hacerme daño? Por las calles sabía que no estaba sola y que cualquier descuido me podría costar muy caro. Así que sin llegar a dar ningún paso en falso, se agotaron los días. Pronto llegó la hora de empacar los recuerdos y dejar los miedos aquí, para la próxima entrega. Tomé el avión rumbo a la capital, con una sonrisa amplia y sin pintar. Me bajé del avión empujándolos a todos, sabiendo que de no hacerlo podría perder la conexión. Eso me lo habían explicado bastante bien desde Granada, cuando me dieron a escoger entre una conexión de una hora y otra de cuatro; a lo que yo elegí los codazos y la carrera de atletismo. Con la frente empapada y las rodillas invitándome a rezar, tan afligidas por el peso de la maleta, llegué al mostrador, había tiempo de sobra. Las muchachas me miraron con cara de pena, aunque entre ellas se reían a escondidas. Mi pasaje no era ese día, sino al siguiente. Sí, desde España cometieron el error y yo, por lista, ni me había enterado. A mi desgracia, en el aeropuerto El Dorado me encontré sola y abandonada, sin un solo peso para pagar el hotel. Saqué de mi billetera un chicle arrugado y la foto de un hombre de camisita a rayas. Cogí el teléfono y respiré hondo.

martes 24 de junio de 2008

Derroche de belleza



Después de tantos meses de silencio vuelvo a tener tiempo y por ende algo que contar. Felizmente dejé la librería por nuevos proyectos, letras que tengo que producir desde mi casa con mangas pasteleras de diversos motivos. De nuevo un país desconocido me deja pasar. Esta vez la bota itálica.

Nunca había visto -o si lo había hecho no me había fijado- semáforos de peatones con tres colores… por culpa de estos he corrido como una condenada. Cuando desaparecía el verde y me encontraba en mitad de grandes avenidas, arrancaba a correr como si tuviera un alacrán pegado a la nalga, lo que no me daba cuenta era que el color era amarillo, que tardaba una eternidad en cambiar a rojo y que la gente seguía andando con pausa. Una vez desvelado el misterio de los semáforos empecé a toparme con plazas encantadoras y monumentos emblemáticos sin darme cuenta.





















Estar aquí recuerda a Latinoamérica, los coches saltándose los semáforos y los peatones acoquinados esperando eternamente a que los conductores les cedan el paso, esos deben ser “guiris”, sino harían lo que hay que hacer en esos casos, llenarse de valor para la batalla – a muchos les puede ayudar una bendición- y echarse a andar a ver quién gana. Es divertido.




Embriagada de olor a pasta que cuece, camino por las calles de la exuberante y caótica Roma, me dejo llevar de la mano de mi guía de bolsillo y de mi instinto para morder el alma de la ciudad. Alegre
y ruidosa se ofrece al visitante, miles de bares y cafés instigan a hacer un alto en el camino. Para conocer Roma hay que perderse, merece la pena llegar a la cama con los pies hinchados y palpitando y con la cabeza cansada de tanto soñar. Vulnerable ante el Coliseo, con los poros traspasados por una aguja de croché, veo brillar las espadas en las que se enrollan las venas robustas que se desinflan como globos.

La fabulosa Basílica de San Pedro que desmiente el valor de la austeridad y se nos presenta grandiosa, ampulosa, desbordada de arte. Me olvido de los curas que en busca de un poco de inocencia la arrancan de tajo. Prefiero no pensar en los valores antinaturales de defienden, en la culpa que tienen de la sobrepoblación y el hambre; ahora mismo sólo me importa disfrutar de la perfección de la Piedad con el hijo muerto en sus brazos. Adoro el sentido estético de la iglesia y su servicio a la preservación del arte, a la larga está bien que con la excusa de custodiar el cielo contribuyan al derroche de belleza, que también es una forma de rendirle culto al espíritu, para que lo sigan haciendo ¡juro que pagaría!


La Capilla Sixtina!




























En la Plaza de San Pedro estaba el hombre de vestido impoluto y sombrerito, la gente gritaba
c
ual cantante de rock, me temo que muchos se mueren de ganas por pedirle un autógrafo.





Encubo palabras junto al vino de la memoria, bajo el calor del bus. Tras el rumor de las estatuas y el perfil augusto de los caminantes que con su retina de ventosa absorben la belleza, ahora recuerdo, ahora vivo. La fontana de Trevi, las espectaculares plazas Navona, España y Popolo, lugar perfecto para evocar las noches de magia, vino y poesía de la Colombia que dejé hace tanto. Lo bueno es que hoy todavía me le chupo a la vida su pulpa de mango biche, sin importar dónde cae la noche. Y con la fibra de la vida entre los dientes pasan las horas…

domingo 14 de octubre de 2007

Lecciones de pesimismo

Esto del trabajo es curioso. Había tomado la decisión de no perder más mi vida buscándolo, convencida de que no lo iba a encontrar decidí prepararme las odiosas oposiciones. Ya no entregaba currículos, en lugar de eso todas las mañanas me obligaba a estudiar. De pronto me llamaron de la librería. Luego el día que fui a entregar los papeles me llamaron para una entrevista de trabajo como auxiliar administrativo en una compañía de plástico, como es obvio dije que no. El lunes fui tan contenta al trabajo, pero la dicha duró poco, pronto me enteré que en lugar de salir a las 20:30 lo haría aproximadamente una hora después, con lo cual mis planes de entrenar water polo 3 veces por semana de 21:00 a 13:00 se iban por la borda. Y todo por el repugnante horario español, es absurdo tener al medio día tres horas para comer y que llegues a casa a las 10 de la noche, vamos, con este horario no se puede tener familia, o haces una cosa o la otra; menos mal eso de los hijos me tiene sin cuidado, lo dejaré para mi próxima reencarnación. Al salir de mi primer día de trabajo, cargando bolsas de tristeza tenía 5 llamadas perdidas de un número que no me era familiar, llamé y me citaron al día siguiente en relación a un trabajo en una Autoescuela, que no sonaba nada mal. Se me llenó la barriga de dudas, porqué tenían que llamarme todos a la vez y cuando ya ni siquiera buscaba trabajo? Podían pasar meses enteros en que no me llamaba ni dios y ahora las opciones se desplegaban. Parece que el deseo de conseguir algo no ayuda, por el contrario aleja las posibilidades de éxito. Ahora no dudo de que el pesimismo es el mejor amigo que puedes tener, si está a tu lado el devenir es más llevadero, porque no esperas nada, las cosas fluyen y llegan por sorpresa; pero cuando te invade el optimismo, qué desilusiones más grandes te llevas, de las cosas más útiles que se pueden aprender es a ser perdedor, no tengo duda. Toda la semana fui al cursillo aquel de formación-selección, por la mañana salía de casa adelantándomele al sol, estaba allí una hora tomando apuntes y haciendo pruebas, después los profesores me daban el resto de material que verían en las dos horas que quedaban de clase, me iba corriendo al trabajo, luego al medio día llegar con José a casa a calentar/cocinar, luego estudiar en la hora de la siesta, volver al trabajo y por último, terminar el día estudiando. Ahora sé que no me seleccionaron, dijeron que lo había hecho muy bien y que me tendrían en cuenta para las próximas plazas que salieran; a lo mejor es sólo formalismo y no me tendrán en cuenta, pero ya no me importa, lo hice bien, he cumplido mi parte. No espero nada, creo que he aprendido la lección.

La semana pasada fue dura con cojones, sobre todo a nivel psicológico, iba capturando con la red de mi memoria las historias de mis compañeros, en ellos veo reflejado mi futuro y eso no me gusta nada. Me cuentan que el jefe es un cabrón y que los primeros 6 meses hace un contrato de prácticas que le permite pagar 200€ menos de sueldo. Pero si a mí en la entrevista me habían dicho que ganaría el sueldo normal! Por qué me engañaban de esa forma? Con qué necesidad? Diantres, si me hubieran dicho la verdad desde el principio igual habría aceptado, porque necesitaba el trabajo. Me distraje confeccionando rosas con mis huesos fundidos y fijándome en dónde ponía el pie cuando andaba, cuidando de no pisar los márgenes de las baldosas porque dicen que trae mala suerte. O quizá me habían dicho la verdad y mi sueldo sería ese? No tenía sentido que todo el mundo tuviera que aguantarse 6 meses para cobrar lo que es, y que yo no, por qué iba a ser más que nadie? Pasaban los días con una lentitud arrolladora y no tenía más remedio que revolcarme en mi incertidumbre. El sábado por fin me dieron el contrato y en contra de todo pronóstico me pagarían lo acordado, eso sí, aprovecharon para advertirme que tenía que tener la boca bien cerrada.

miércoles 3 de octubre de 2007

ya era hora

conseguí trabajo, por fin! en una librería, el horario es horrible y echo horas extra por la cara, pero por otro lado me hace bien trabajar; todos mis compañeros son licenciados también y no encuentran nada mejor, habrá que joderse...

lunes 24 de septiembre de 2007

Fantasmas

El portero al fondo del pasillo con la pantalla del circuito cerrado de televisión delante de sus ojos, estoy afuera suplicándole que me abra y me salve, llevo corriendo 15 minutos pero no ha servido de nada, los ladronzuelos no me han perdido de vista, tienen muchas ganas de pillarme. Los vi justo a mi lado lanzando sus manos contra el bolso, era absurdo que me estuvieran robando en la puerta de mi casa, que el portero tuviera mi imagen al frente y que no abriera. Luego me daría cuenta que la culpa la tenían los audífonos por los que seguía el partido del mundial, Colombia-Argentina, que había tenido lugar el año pasado, pero era tan bonito animar las noches de los martes con un buen recuerdo.

El miedo de estar en el suelo vomitando sangre después de la paliza me hizo despertar. Tenía el corazón esprintando y los gemelos duros y redondos retorciéndose por el calambre. Eran más o menos las cuatro de la mañana, lo que quedaba de noche la pasaría recordando mi ruinoso país, lo enferma que estaba con esas pesadillas recurrentes que terminaran donde terminaran semanas después, incluso meses, serían retomadas por mi cabeza desde el mismo punto. El escenario de la peli siempre era el mismo: el centro de la ciudad de Cali, lugar donde viví hasta los 17 años. Bastante paradójico, mi familia con cuentas bancarias nada despreciables y algunos pisos en la ciudad, pero no, teníamos que vivir de alquiler en un sitio tenebroso con las paredes raídas que, en 20 años que estuvieron allí, se negaron a pintar, dizque por no meterle dinero a algo que no era suyo! Tengo TANTOS recuerdos de ese sitio... Avioncitos de papel despegando desde el piso 22 y con pilotos suicidas que se estrellaban contra las casas, era divertido, aunque ahora que lo pienso, nada ecológico. Una loca semidesnuda que se sentaba en una calle a ver pasar la gente, mi hermana y yo gritándole desde arriba y tirándole hielo, hasta que se hartó y nunca volvió. O la temporada en que entrenaba dos veces al día water polo y que me dio la manía de levantarme a las 5:00 a.m. a hacer abdominales y repasar las gradas de las 25 plantas del edificio. Pero recuerdo sobre todo los rostros de la gente, la mirada inconfundible de la miseria, el odio que exhalaban, muchos tenían pinta de ladrones, sicarios y violadores, desde chica tenía el miedo metido en el cuerpo, aunque eso no me impedía hacer mi vida, bajarme de la parada de autobús a las diez de la noche y caminar despacio, por dentro con ganas de correr pero sabiendo que demostrar miedo era peor, tenía que fingir ser uno de ellos. Años atrás, cuando mi hermana y yo teníamos menos de 23 años entre las dos, nos escapábamos de casa con dinero cogido sin permiso del escondite de mi papá y nos íbamos a comprar juguetes a los vendedores ambulantes, donde naturalmente aprendimos el arte de pedir rebaja. A mis 5 años, recuerdo un día en que esperaba el coche que me llevaba al colegio, estaba con la empleada del servicio detrás de la puerta de cristal, cuando me miró una negra demente que pasaba mucho por allí -tenía por costumbre sacarle la lengua a la gente-, a la que le tenía un miedo gigantesco, y se rió mientras me enseñaba un cuchillo de mango verde, yo paralizada sin poder gritar; luego cuando la mujer se fue y pude contar la historia María Eugenia se hartó de reír sin creerme.

A veces pienso en el sonido seco y sin eco que estremeció al edificio una mañana, una bomba había estallado en la carrera 15, desde la ventana podía ver el humo y la gente corriendo; pero no fue la única, a partir de allí, cada jueves, todos lo llamaban el jueves negro, se escuchaba explotar una en cualquier punto de la ciudad, muchas cayeron en sucursales de la droguería[1] La Rebaja, porque si mal no recuerdo el dueño tenía algo que ver con el narcotráfico. Hmmm, y qué decir del día en que tocó salir corriendo a la madrugada porque había estallado un petardo en el parking del edificio, todos en la calle temblando y mirando hacia arriba, yo temblando con la mirada en el suelo, rezando para que nadie descubriera el roto que tenía en el pantalón de mi pijama.

Bueno, ruinoso país, me despido y te saco la lengua desde el otro lado del charco, esperando que algún día mis fantasmas de la carrera novena con novena me dejen en paz.


[1] Farmacia

lunes 17 de septiembre de 2007

Cádiz






Tengo los talones agrietados destilando sangre, es la inconformidad quien me los ha mordido y arañado para causarme dolor y que yo haga algo. Mis ideas, algunas cojas, malformadas, amputadas, inválidas, degolladas, pero en general malparidas, no se dejan ordenar, cada una en medio de la orgía me escupe su verdad acerca de lo que debería hacer. Por un lado está bien vivir aquí, tengo todo lo que quiero (menos trabajo), Europa, un buen vino acompañado de un buen queso y un buen hombre. Pero es eso que no tengo lo que me está enfermando, porqué todo tiene que ser tan difícil, estoy cansada de probar caminos que si el periodismo, que si la enseñanza de español para extranjeros, que si administrativo, estoy candada de engañarme con que algo va a salir. Quizá debería prepararme unas oposiciones (para los que no lo sepan, son duras pruebas para acceder a empleos públicos, que son lo mejor de lo mejor, un sueldo en condiciones y un horario envidiable). Pero no, la ansiedad me trepara el cerebro, la comisura de los ojos se irrita, tengo que trabajar YA! La Alhambra, Sierra Nevada, el Albaicín y el Sacromonte no consiguen calmarme, la película de esta ciudad está velada, sólo consigo ver sombras y moscas, árboles marchitos, remedos de ríos que huelen a diarrea. Ni siquiera un trabajillo menor vendiendo en una tienda podría conseguir y todo por sudaca, qué lastre! En esta ciudad a lo que más se puede aspirar es a limpiar casas o servir mesas, y bueno, no los culpo, ya sé que no hay cama pa’tanta gente. Muchas veces lo he dicho, si he de malgastar mi vida en cosas así, para eso me voy para Inglaterra (léase Alemania, Bélgica, Suiza, etc), al menos ganaría un idioma, que algo es, pero aquí se quedaría en esfuerzo anodino, guácala!

Después de cavilar sobre lo que debería y no debería termino alejando esos malos pensamientos y me vuelvo a dar ánimo con lo de las oposiciones; luego me entra el miedo al fracaso… y si no lo consigo? Pues hacer las maletas y llevarme la música a otra parte.

Ya me desahogué, los 300 kilómetros en autobús los gasté pensando y durmiendo, ahora estoy como nueva, en Cádiz, un bello rinconcito del atlántico. Aquí estuve hace más de 5 años en sus carnavales, las chirigotas parodiaban a los políticos del momento, cantaban chistes de una realidad para mí desconocida, hablaban tan enredado que no me enteraba ni de la mitad de las cosas, pero también me reía sólo de ver a la gente reír. Hoy otra vez aquí pasando un fin de semana de no pensar. Lo suyo es comprarse un cucurucho de pescaíto frito (lo envuelven en papel como si fuera maní) y una tortilla de camarones en una esquina, sentarse sobre la arena dorada, comer y ver el mar, comer y ver el mar.


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martes 11 de septiembre de 2007

10 años atrás mi mundo estaba rodeado de literatura rusa y versos de los poetas malditos, era bueno hacer equilibrio en el alféizar y tomar el sol, era bueno caminar con los pies desnudos sobre los trozos de los principios morales que desgajaba contra el suelo cada segundo.


Un día, mientras me burlaba de todo, un violinista tocó un Allegro con mi pelo y se fue para Rusia dejándome sin música. Lo último que supe de él fue una postal enviada desde la casa de Papá Noel a mi dirección y mi apellido, pero a un nombre diferente, una tal Sandra que en ese momento maldije no ser. Pasaron los años, uno tras otro, hasta que nos volvimos a encontrar ya con nuestra vida hecha. Mi marido y yo en su casa, intercambiando sonrisas con los niños y palabras con su mujer. Quién iba a pensar que 10 años después, a 10.000 kilómetros del último beso, nos abrazaríamos como viejos amigos?

jueves 6 de septiembre de 2007