A mis amigos, que son pocos, los vi y palpé como una niña que apenas reconoce el mundo, me hacían falta abrazos para decirles que los quería, me dio gusto volver a tener cerca las rarezas de esa partida de asociales con los que me reúno a compartir soledades. De Mariposa Vagabunda, mi única amiga, no me quería ni despegar, mientras nos lamentábamos la suerte de siamesas separadas nos contamos lo que han sido nuestras vidas, a veces hablando, otras en silencio...El resto de tiempo se me pasó entre visitas médicas y huidas de los locos, la primera por hipocondría insaciable, y la segunda por sujetos que me persiguen hace más de 7 años. Todo empezó en el 95. Yo era una Lolita con un extraño encanto, sonrisa dulce pero brazos moldeados por las barras y las flexiones de pecho, belleza irreverente que desconocía el maquillaje y los pendientes, niña que dormía abrazando a su muñequita de siempre y leía a los rusos en el umbral de una hora y la siguiente. Así llegó la quinceañera al grupo literario El Círculo. A su creador, Julián Enríquez, le conocí en la casa de un viejo que anunció en el periódico su deseo de conformar una sociedad secreta poético-literaria, pero allí no duré más de cuatro reuniones, la risa estridente e inocente que me producían los textos del señor no me dejaron regresar. A los días, Julián me invitó a su grupo, supuestamente por mi calidad literaria, pero hoy tengo serias sospechas de no haber sido más que producto de mis senos enhiestos. Este hombre de 30 años tiene en su cabeza una baraja hecha con una única carta, se la pasa en su habitación de baldosas blancas y negras, como juego de ajedrez, escondiéndose de las miradas de la hermana que jamás le perdonará la osadía de declararle su amor profano. Generalmente, usa una camisita a rayas que lo identifica como prisionero del mundo, en las mañanas sale a trotar y montar bici, luego a dejar las flores del servicio a domicilio del negocio familiar, a medio día ubica un colegio cualquiera y se sienta a ver salir a sus Lolitas adoradas, en la tarde alterna la lectura, las persecuciones a conocidos y la escritura de panfletos -contra los jóvenes de la ciudad y sus escritores preferidos, los cuenteros y las mujeres, y a favor de los violadores, la religión y la ultra-derecha- que luego pegaría en las universidades y repartiría en las calles negando su autoría. Aunque se ganó más de un problema continuó su militancia sin miedo. Otro de los del Círculo es Cristian, un negro grande y gordo de unos 25 años, trabaja de compañero de su madre, odia al mundo y ama a los asesinos en serie, con cuyos rostros decora las paredes de su habitación. En sus ratos libres, o sea casi todos, se disfraza de jacker, se entretiene con el cine y la T.V. y huye de los fantasmas de su mente paranoide. La relación era tensa y no terminábamos una discusión para entrar en otra, a pesar de todo fue mi amigo y le quise. En los demás integrantes no vale la pena detenerse, sólo mencionar que uno era drogadicto y esquizofrénico, otro un homosexual reprimido que le cantaba a la muerte y el último un teatrero convertido al catolicismo, después de haber hecho parte de sectas satánicas. Sin culpa, terminé en medio de estas personalidades, atrayendo las miradas de un grupo de misóginos al que, como es obvio, jamás mujer alguna había entrado. Al poco tiempo de estar allí empezaron los acosos sexuales y sus disertaciones sobre mi calidad de Lolita, así que no regresé ni por error. Pero ellos me seguían de cerca con los artículos que publicaba en el periódico, observaban mi estilo, estudiaban mi evolución y criticaban con ahínco. Un buen día le enviaron una queja al director sobre una reseña que escribí de La Caverna de José Saramago y se hicieron pasar por un par de ancianos ofendidos. Cuan equivocada estaba pensando que mi ausencia les calmaría y que no tendrían más remedio que buscarse a una nueva Lolita...
- Mijita, ha venido varias veces a buscarla un joven apuesto y bien presentado, dice que fue compañero de universidad – dijo mi madre.
- Cómo se llama?
- Me parece que Juan Felipe
- Y qué quería?
- Le mostramos los artículos que nos mandó de España, estaba muy interesado en saber de usted, ese muchacho parece que la aprecia mucho. El muchacho nos pareció muy amable, aquí estuvo tomando juguito y viendo sus fotos.
No hizo falta preguntar si sabía que yo vendría, sólo fue esperar a que sonara el teléfono y me saludara Julián desde el otro lado. En cualquier esquina podrían estar esperándome, pero por qué me seguían? Querían hacerme daño? Incluso un día tuve que salir corriendo cuando descubrí a uno de ellos tras un árbol. Sin duda me persiguieron día y noche hasta que tomé el avión. A mi desgracia, en Bogotá me di cuenta que desde la agencia de viaje en España me vendieron mal los pasajes, Cali- Bogotá para un día, y Bogotá-Madrid para el siguiente. En el aeropuerto El Dorado me encontré sola y abandonada, sin un solo peso para pagar el hotel. Saqué de mi billetera el pasaje de avión y la foto de un hombre de camisa a rayas, cogí el teléfono y respiré hondo.
De nuevo la jovencita se despega el lunar de su muñeca y se lo pone entre la boca y el pómulo izquierdo, como alentando a las lenguas masculinas a erguirse y humedecerse en su nombre. En las tardes, después de trabajar, se entretiene recreando las brutales historias de desgarramientos y huesos desencajados que tanto le atraen. Una vez le dijo su amigo El negro que el hombre de camisa a rayas que la seguía por la calle, quería “accederla”. Ella como es natural, cayó en un estado histérico-paranoide que le amargaba la vida. Lo veía sigiloso detrás de los árboles, escuchando el correr de su sangre, estaba más que advertida que aquel hombre tenía el don de escucharle el pulso a la gente con sólo mirarla, así que podía saber muy bien cómo y cuándo se alteraba cualquiera y entonces proceder a su adorable terapia de choque.
Su pasatiempos favorito era ahuyentar mujeres, al principio se mostraba como todo un caballero, correcto, moderado e inteligente; pero pronto empezaba a perder los nervios y se ponía a maquinar trampas que le abrieran en su lugar, las piernas a las chicas. En parte las veía a todas como unas puticas, capaces de absorberle su blanca ansiedad, nada más! De aquella joven le decía a sus colegas literatos que era del tipo de mujer que disfrutaría de una violación. A ella ya se lo habían contado, por eso lo evitaba en el Parque del Perro y en Cosmocentro, pero él se las arreglaba para encontrársela “por sorpresa” y hacerla reír. En realidad le caía bien, más de lo que debería, disfrutaba escuchando la manera de trepanar personajes y esculpir palabras y le seducía la mordacidad de los panfletos con los que empapelaba la ciudad.






















