domingo, 29 de noviembre de 2009
Hacia dónde
le doy tirones de oreja al volante
a un lado y al otro.
La calle sume barriga, se encoge, doblega
las llantas chillan como una puerta que pide aceite
en mitad de la noche,
cuando te disponías a escapar.
No se aconseja respirar por prudencia
sigo la regla
no tengo miedo,
sólo no quiero pasarle por encima
a la estrella que vi caer
alumbrada por el faro gris de una luna.
Una luna degollada sobre la carretera vacía
tendida, semi muerta,
con los hoyuelos de la juventud agrandados en su rostro
pero aún con su vieja manía
de iluminar el contorno de los pies.
Pero las estrellas siguen arriba
todo ha sido una alucinación, en mitad de un viaje
de una huida a ningún lado
y sin saber por qué.
jueves, 12 de noviembre de 2009
El portarretratos vacío
Las campanas de la iglesia repicaban insistentemente, con su melodía rayada que alejaba de la meditación. Así nerviosa como estaba abrí mi correo electrónico y me encontré con la voz aniñada y un tanto mujeril de él. Esta vez, entre un saludo escueto me lanzó una recriminación acerca de mi decisión de excluirlo de mi vida hace ya unos nueve años, meses antes de mi partida definitiva al viejo continente. La comunicación la habíamos retomado en el cuarto invierno, cuando trozos de nube desmenuzada que caía en forma de nieve, me cubrieron las canas nuevas. Aquel día, las manos acartonadas teclearon su número, que aún conservaba en mi memoria con espacios y la figura de flor cubista resultante de marcar. Lo que sí había borrado el tiempo era el motivo exacto por el que dejé de hablarle. Sé que hubo insultos de su parte e intentos por pisotear mi maltrecho ego, que hicieron la situación insostenible. Algo recuerdo también de llamadas anónimas que estaba segura eran de su autoría intelectual, de reducido intelectual.
Las palabras de la chica que llamó unas cuantas veces, me extrañaron, su santiamén de tonterías no me asustaban, aunque sí acuciaron mi asqueo por la doble moral y el machismo reinante en mi país.
- “Señorita” – dijo, remarcando la ñ con furia -, la llamaba por las fotos que nos mandó, nos ha parecido un buen material.
- Qué fotos?
- Las fotos, usted sabe.
- De qué habla?
-Ejjjjem… pues las subidas de tono
-Cómo?
-Sí, las pornográficas donde se le ve tan bien.
- Ajá, y a dónde se supone que las envié?
- A Flores Frescas (prostíbulo de alto standing de la ciudad)
Corté con un “esto es un error, gracias y hasta luego”.
La segunda vez, me llamaron para concretar el día de la entrevista de trabajo. Les dije que para mí sería un honor trabajar para un lugar de tan buena reputación y con clientes tan distinguidos. Asentí quedar para el día siguiente a las ocho de la tarde. La tercera vez, el motivo de la llamada fue preguntar el por qué de mi inasistencia y proponerme una nueva cita; a lo que me disculpé arrepentida, pidiendo una segunda oportunidad. Era mejor darles largas, ganar tiempo, no tenía sentido desgastarme en explicaciones, que si llamaba a la persona equivocada, que si estoy y que lo otro; bahhh, sólo se trataba de una tomadura de pelo de mal gusto. Cuán equivocada estaba pensando que Humberto era demasiado listo! Todo esto no era más que una manera ramplona de vengarse de gente como yo. Me veía como una calenturienta, por lo que suponía, me acostaba de pura ociosidad y sin escrúpulo alguno, con cualquier pelantrusco, piojoso y dentipodrido de la Loma de la Cruz, “con todos menos conmigo”, rumiaba al anochecer, lo sabía. Y entonces para él no era una figuración, sino un hecho, el que alguna vez, en un momento de pieles semiarrancadas y uñas hundidas, hubiera caído en la tentación de consentir la inmortalización del momento. Si todo el mundo lo hacía, una chica con mi historial no podría quedar inmune a las costumbres.
Otro día contestó el teléfono mi hermana. Ella no se puso a seguir la corriente, enseguida profirió su retahíla de insultos aprendidos de memoria y tiró el auricular. Ahí me pareció que el tipo este se había salido de la raya, que intente jugar con mi resistencia mental y busque hacerme sentir pecadora, no es tan execrable, pero ya lo de hacerme mala publicidad con miembros de mi familia, se pasaba de los límites permitidos. Después de ese incidente no volvimos a intercambiar miradas de las que atraviesan las persianas echadas de los párpados, ni palabras de las que se enganchan al tobillo y van golpeando la acera como una algarabía de latas atadas al coche por los recién casados. Hasta que por culpa de un invierno, nos hicimos amigos de nuevo, aunque esta vez en el mundo virtual.
Hablando de amigos virtuales, hace unos días mantuve una conversación psicosociológica, anaranjada y sonrosada por matices afectivos, con el nuevo Carlos. Sí sí, disímil al que yo creía antes cuando compartíamos lugares de la ciudad a horas diferentes. Atrasamos el reloj muchas vueltas hasta que llegamos al momento preciso en que me buscó en la Universidad un lunes temprano, con un paquete de papel fotográfico que había comprado a primera hora, librándome así de las terribles consecuencias de mi mala memoria. El día anterior había descubierto mi olvido, cuando no tenía opción de encontrar nada abierto donde pudiera conseguir el papel. Se me ocurrió llamarlo a contarle mi drama y preguntarle si de pronto tenía lo que necesitaba. Como no se dio la casualidad, se le ocurrió aparecerse en la U a la mañana siguiente, y con ese gesto de tenderme el papel y rozarme una mano, aprovechar para lanzarme un aforismo inaudible que entendí tan bien.
Ahora, cada uno desde el otro lado de la pantalla, riendo y recordando parajes de nuestra vida, cuando de pronto me hizo una confesión aterradora. Durante años ha recolectado fotos mías y ahora cuenta con una buena colección. Quise saber cómo las había conseguido, pero él se limitó a asegurar que fue fruto de un trabajo periodístico sin más. Con mi curiosidad lo empecé a presionar, pero él, igual de zoquete, no soltó mayor detalle. De tanto insistir obtuve un dato crucial: las fotos no eran sólo fotos. Había primerísimos primeros planos que enfocaban los subterfugios de los rincones del deseo.
Ja ja ja, vaya imaginación tenía Carlos. Pero no, esta vez no se trataba de una de sus creaciones literarias, era purita verdad. Empecé a entenderlo todo cuando me dio detalles sobre el falso falo verde que compré en una tienda de artículos sexuales, por hacerle el favor a mi hermana, quien quería mandarle unas fotos pispas para mayores de 18, a su novio que se había ido para el imperio en decadencia, EEUU. Para ella era demasiado bochornoso ir a comprar “eso”, y como sabía que yo era tan desvergonzada, no le costó trabajo convencerme. Luego le dejé mi Pentax de 18-55 mm, en su habitación monté el escenario con un foco prestado, le puse el trípode y le enseñé el botón de obturación retardada que debía utilizar.
Al otro día, me dio el negativo y pidió encarecidamente las revelara con total confidencialidad. Hice mi juramento, a nadie se las mostraría, ni me quedaría con copias ni negativos. Llegué a la U muy a las siete y me fui directo a laboratorio. Mientras el negativo se secaba aproveché para entregarle un trabajo al profe de antropología y comprar las fotocopias que debía leer para el día siguiente. En la fotocopiadora pasó lo de siempre, querían cobrarme más, era sólo un poco más, es cierto, unos pesos sin importancia con los que no podría comprar ni una caja de chiles –de las grandes, claro-, pero yo me negaba a que se salieran con la suya. No iba a poner medios para que no robaran a los demás, era su problema, pero yo por mi parte no estaba dispuesta a ser una pardilla más de la manada. Por ello me entretuve contando y recontando folios, luego dije con total seguridad que eran 54 hojas y no 59. Una vez recuperé mi moneda, me fui feliz para el laboratorio. En el momento de entrar le vi la cara de pánico a Javier, el técnico del cuarto oscuro, con sus ojos desorbitados y las manos sosteniéndose el poco pelo que le quedaba, me dijo:
- Por qué no me costaste que tenías esas fotos aquí? Si me lo hubieras dicho podría haberlas guardado en una habitación bajo llave.
- Noooo! Qué pasó? Dónde están los negativos?
- Entraron los de 4º a revelar, se encontraron con los tuyos, los montaron en las ampliadoras y cuando se disponían a copiarlas llegué yo. Había como 50 personas haciendo fila por verte, por poco y se los llevan.
Me puse a temblar. Besé los negativos cuando los tuve en mi mano y abracé a Javier con fuerza.
Los días siguientes notaba un ambiente pesado en la U. La gente me miraba, las mujeres me torcían los ojos, murmuraban, reían; los hombres parecían querer masticar mi ropa. No me molestaba. Yo que siempre había huido de espacios tan abarrotados como la cafetería, me volví una clienta asidua. Todos los días paseaba mis pechos bien puestos y mis piernas firmes, por la pasarela imaginaria del lugar; me pasaba la mano por encima del hombro sacudiéndome el pelo, mientras giraba engreídamente la cabeza, sin saludar a nadie, pero sonriendo.
lunes, 12 de octubre de 2009
Los vapores del hamman
Era el cuarto día de Ramadán. Nos bajamos del ferri desplegando los ojos a la espera de ser sorprendidas por una tierra nueva, y el caos del tercer mundo no se hizo esperar. La española, a veces maravillada, nos hacía maravillar también, pero muy pronto las reminiscencias de nuestras raíces nos maltrataban. Con el montón de gente en las calles caminando despacio, la cubana pensaba en la isla real maravillosa donde el concepto del tiempo es tan diferente, donde a nadie le preocupa esperar una hora el autobús y el tren puede pasar a cualquier hora; y yo pensaba en esa Colombia estridente que me llevó a necesitar una nada pequeña dosis diaria de sertralina. Todos dicen que hicimos muy mal en venir en época de Ramadán porque todo está muerto, es verdad que cada día nos cuesta un buen rato encontrar restaurantes abiertos antes de las 19 horas, pero también es verdad que gracias a eso apenas hay turistas y la mayoría de lugareños, durante el día, está en sus casas rezando y descansando, en una palabra, haciendo más fácil sus horas de ayuno. Lo que he visto de estas ciudades es un caos grotesco, no quisiera ni imaginarme lo que sería este país en situación normal.
Kilómetros de playa con nada más que unos pocos hombres que refrescaban su chilaba bajo el rumor de las olas, y de repente presentimos a un barbudo langaruto, las rocas parecían crujir con él en medio, eran el escondite a su cuerpecillo desvalido. Su capucha respingada ojeaba al cielo, parecía no inmutarse por el arribo del pecado, orquestado con la oración liberadora de su mano en la entrepierna. Su pulso seguía acelerándose mientras continuaba mirando, aceptando el ángulo de visión mediocre que tenía de nosotras, pero sin probar a acercarse, ni decir una sola palabra. Así que nos dejamos mirar sin miedo, guardando silencio para no molestar.
Para la gente no éramos más que tres mujercitas del primer mundo viendo la miseria a través de la ventana, quizá para regodearnos de nuestra suerte y así olvidarnos de nuestro monótono, triste y desabrido mundo. Nos veían como billetes con piernas, nos ofrecían insistentemente cientos de cosas, nos pedían dinero, nos castigaban doblando o triplicando los precios de todo, incluso de un plátano o de una botella de agua -que luego descubriríamos estaban falsificadas. Sí, reciclan los pomos que se encuentran, los rellenan con agua de la llave y habilidosamente los hacen parecer herméticos, como salidos de fábrica-. La cubana y la española, siguiendo al pie de la letra las indicaciones recibidas en España, muy responsables y cuidadosas, compraban su agua en las tiendas con mejor aspecto de la ciudad; pero yo, desconfiada, y resignada a contraer diarrea, me atragantaba con agua del grifo y con otra cogida de la montaña por los niños bereber que pululaban en los caminos. Ellos la adornan con una hoja de laurel que deja un mal sabor de boca, pero con este sistema de la hoja flotando, obviamente, no se toman la molestia de hermetizar la botella, y entonces de este modo no me sentía engañada y la compraba sin más.
Como en viaje que se respete, había rencillas entre nosotras, nos disputábamos el liderazgo, argumentábamos el paso a seguir, nos contradecíamos, regañábamos e ignorábamos, teníamos los nervios ondulados, inmanejables, a veces ya cansadas de pedir rebaja y de intentarlos disuadir para que nos cobraran lo que era, nos dejábamos timar sin rechistar, pagando dos kilos de fruta sabiendo que había uno y medio. La tristeza, impotencia y todo junto se nos atragantaba. Derrotadas sacábamos fuerzas de no sé dónde para redimirnos otorgándole la culpa a la otra, liberadas seguíamos andando.
Cerca a la Kasbah de Tánger nos detuvimos a comprar un pan redondo y calientito que bien podría tener funciones de “frisbee”, y en nuestra tan acostumbrada indecencia nos malentonamos con el vendedor. En esas llegó María, una transeúnte cualquiera, tan española ella, con su olor a cebolla jugosa recién partida, como para hacer llorar. Ella con su batola de flores rojas y azules nos metió nuestra merecida regañera diciéndonos que el precio pedido por los panes era lo justo, que qué nos estábamos creyendo y que pagáramos o nos fuéramos. Cuando nos disculpamos diciendo que era nuestra primera vez en Marruecos y la primera vez que salíamos de nuestro pueblo, se ablandó María. Menos mal no se quiso fijar en la entonación de Carmen y la mía, las cuáles distaban mucho de las de una española de cuna. Terminamos paseando tras ella por las callejuelas de la medina, mientras escuchábamos su vida, que si la guerra civil, que si la dictadura, que con 16 años había huido de todo eso a trabajar a Marruecos, que allí había hecho su vida y se había casado con un árabe que, pese a su esfuerzo, no consiguió convertirla en musulmana. Nos dejó en un restaurante de aspecto sucio que nos recomendó y se despidió riendo.
Luego fuimos a la estación de autobuses a averiguar los horarios y destinos para el día siguiente. Eva, con su francés fluido venido de los cuatro años que pasó en Marsella, hablaba con uno y con el otro. Tantas voces e información viniendo de todas partes la sacaron de quicio.
- No hay autobuses, los que hay salen a las 11:00 y regresan a las 15:00, con lo cual no podemos ir y venir el mismo día, éste país no está preparado para el turismo-sentenció- y tú, Carmen, llevas varias semanas estudiándote Marruecos y no has aprendido nada, ni sabes los lugares a los que vamos a ir, ni mucho menos cómo llegar.
Carmen, ofendida, la puso bajo un árbol amarillento, tan propio de estos paisajes desérticos, y le dijo que tomara aire mientras ella y yo íbamos a preguntar. Eso hicimos, cogimos nuestra libreta y transcribimos los horarios que estaban puestos en los tablones, luego encontramos a un hombre que con su español atropellado nos reveló algunos misterios de este país que no entendíamos. Muy bien, al otro día volveríamos a la estación, tomaríamos un taxi rumbo a Asilah. El hombre aseguró que nos cobrarían 20 dírhams (unos 2 euros), nosotras con nuestra desconfianza habitual se lo preguntamos a dos personas más, quienes nos repitieron lo mismo. Y volvimos triunfantes al encuentro de Eva, que seguía bajo el árbol amarillo.
Gritos, música, oraciones, el sonido amplificado violándonos, poseyéndonos, estallando por dentro cual bomba de 100 kilos puesta por la Eta o las Farc. Sin los tapones de mis afectos, que siempre llevo en el bolso para huir de situaciones extremas como esta, no habría sobrevivido para contar esta historia.
Carmen y Eva caminaban sin reparar en los machos jadeantes que nos miraban como su presa, mientras yo las miraba con envidia intentando entender el porqué yo me empeñaba en prestarle atención a esa bobada. Desde los muchos taxis y autobuses que tomamos, veíamos de frente, bueno, más bien de lado, las terrazas de verano en las que se sentaban los tíos antes de las 19 horas con las radios a toda ostia, esperando la palabra clave que anunciara el fin del ayuno. Ellos allí, tan tranquilos, con una vasija pequeña de harira, que es una sopa de fideos, guisantes y maíz; un vaso de leche y un dátil, y sin ansiedad alguna, luego de masticarse las palabras, metían suavemente la cuchara, llenándola sin sobresaltos. Al terminar se dedicaban a mirar al desprevenido que pasa, con las sillas ordenadas en filas y orientadas a la calle, o sea que la gente no está una en frente de otra, simplemente es más divertido descubrir desconocidos que repasarse una cara que ya te sabes de memoria. Machos y más machos, los machos en el bar y las mujeres en sus casas haciendo sus labores o caminando con los niños, o sólo sentadas en un poyete mirando también.
El día que fuimos a visitar Asilah, las 3 discutimos otra vez por una mezcla de costumbre y hastío. De camino a la estación Carmen y yo comentamos que el taxi cobraba 20, pero que no estábamos seguras de si era por taxi o por persona. Era absurdo que costara lo mismo un recorrido de 40 kilómetros que del hotel al centro de Tánger, así lo dijo la española y tenía razón. En la estación se nos acercaron 4 taxistas, proponiendo un precio diferente cada uno. Eva, con su rostro enrojecido intentó negociar con un muchacho que parecía bonachón.
Bueno, entre discusiones bizantinas como estas, que no vienen al “cuento”, nos entretuvimos el resto de días que pasamos en el país.
Llegando a las casas azules de Chaouen que emulan el agua íbamos malencaradas, las supuestas dos horas y media de viaje se habían convertido en tres y media, en un autobús destartalado, cuyo aire acondicionado era la ausencia de puerta. Sobre la marcha la cubana decidió que se iría para Fez, yo por mi parte dije que me quedaría allí bebiendo té verde con hierba buena, pues no me compensaba aguantar 5 ó 6 horas más de viaje para ver más moros y más Medinas. Estaba claro que a ninguna de las dos nos daba miedo quedarnos solas, más producto de una combinación de imprudencia e ingenuidad, que de valentía; así que Eva podría decidir libremente si se iba o se quedaba. Cuando se decantó por la ciudad imperial, Carmen sacó del bolso unos folios arrugados que hablaban de Fez, empecé incrédula, pero terminé cediendo y montándome al autobús, esta vez cómodo, con aire acondicionado y semi vacío.
Tan pronto el autocar paró quisimos comprar el pasaje de regreso, pero sólo había a las 11:00 ó 23:30, nada entre medias por el Ramadán, entonces decidimos esperar al día siguiente para averiguar otras opciones. Una vez en la medina encontramos hotel y caímos privadas. Temprano nos metimos en las profundidades de esa medina de 46 kilómetros, 94.000 callejuelas, con pasadizos, escondites, calles torcidas y angostas por donde pasan los burros, así que tienes que estar al rojo vivo, pegarte a la pared como una lapa si no quieres terminar aplastado por aquellos animales de paso lento. Pasando por esos rincones medievales nos detuvimos a comprar unas chilabas, de segunda mano y que olían mal, pero baratas y bellas. Entre basura, excrementos, cabezas de vaca, moscas, dulces de frutos secos, especias, gritos, llorones y pedigüeños, de pronto una puerta que parecía hecha de punto y cruz se alza imponente, entreabierta, dejando ver el Riad que guarda. De este modo, nos sorprendimos muchas veces, cuando menos nos lo esperábamos, toma palacio! O una mezquita con paredes de arabescos que par
Y también, de repente, el barrio de olor nauseabundo, que huele a cuero y caca de paloma y del que te tienes que proteger con una rama de hierbabuena. Allí estaban los hombres metidos de cuerpo entero en gigantes albercas de colores donde curten la piel. Hombres bañados de porquería cargando las láminas que servirán de bolsos y zapatos, y sin preocuparse por el reumatismo del que no se salvarán.
Al final del día olíamos mal, sin podernos despegar el olor de la ciudad nos compramos unas bragas y nos metimos al hamman. En la taquilla había una mujer delante nuestra, vimos que compró dos jabones, uno en barra color crema y otro amorfo, marrón oscuro, que se arrancaba con los dedos y se deshacía entre ellos. Le preguntamos lo que costaba –para evitar que el hombre nos dijera lo que le parecía-, la chica tenía unos 32 años y estaba embarazada, al ver que éramos nuevas en esto del baño árabe, nos mostró sus esponjas y nos hizo señas para que compráramos unas cuantas. Entramos. Lo primero que vimos fue a un grupo de cuatro voluptuosas mujeres en el mostrador, con los senos colgando. Luego había que coger dos cubos grandes y una tarrina, llenar los baldes de agua hirviendo para lanzar sobre la zona en la que nos sentaríamos, recostándonos a la pared como todas. Después venía el ritual de pasarse la esponja áspera con ensañamiento, hasta dejarse el cuerpo color rosa y arrancarse todo vestigio de células muertas. Madres e hijas raspándose mutuamente y echándose en sus pieles, a veces agua fría y otras caliente. Algunas llevaban allí más de dos horas, y todavía les quedaba un rato. Nosotras, sin el valor suficiente nos pasamos la esponja con cuidado, mientras las demás nos miraban y reían. Entonces se nos acercó la misma que nos encontramos en la entrada y nos empezó a arrancar tiras de piel muerta de la espalda, que caían asquerosas sobre el suelo quedándose entre baldosa y baldosa; luego llegaron dos de las mujeres del mostrador a lavarnos. Olían a axilas penitentes después de una semana, mínimo, de no haber sido pasadas por agua. Nos embadurnaron del jabón chocolate, nos pasaron la esponja dura hasta por mitad de los senos, nos levantaron los brazos y dieron la vuelta igual que a muñecas de trapo, nos estiraron los huesos y nos amasaron como a levadura, alternando siempre el agua fría con la caliente contra nuestras coronillas acaloradas.
Al salir, medio emparamadas –no llevábamos toallas- sentíamos que nuestros pies iban solos, con los músculos aflojados y pieles nuevas nos montamos al autobús de las 22:30, que pillamos en otra estación y, extrañamente, costaba la mitad del averiguado la noche anterior. Cuando ya no teníamos escapatoria, el habitáculo se llenó a tope. Antes de arrancar se montó una procesión de vendedores ambulantes a ofrecer desde el agua de botellas recicladas hasta gritos de imanes mal grabados en CDs, el último fue un manco que repetía las mismas tres palabras, se señalaba con su mano el muñón del otro lado e iba paseándolo triunfal por cada silla, como si de un trofeo se tratara, y casi metiéndotelo a la boca.
Por fin arrancó el bus, madre mía! Pero el alivio sentido duraría poco, la silla de delante oprimiendo las rodillas y el frío se metía por la compuerta del techo que iba abierta. Ellas medio dormidas aguantando como podían; yo con las manos metidas dentro de la camiseta que me subí hasta tapar la nariz, sujetando su cuello a mis orejas. En medio de este viaje interminable sacamos las chilabas. Sin tener más remedio que ponernos encima esos trapos sucios que olían a más que sudor, y sin pensar en que las pulgas obtendrían su banquete con nosotras, caímos en un sueño profundo.
Serenata de agua
El aire corría suave, los cojines acuñaban la espalda y mirábamos a través de las rodillas dobladas sobre el pelo parejo de la alfombra. El hombre nos trajo un espumoso té con un dulce que efervecía en la lengua, y empezó a sacar, una por una, la colección que tenía.
- «Na’am» para dejarla en el suelo y «Laa» si no les interés.
«Laa» gritaba la catalana, «Na’am» se aventuraba el holandés, y el luxemburgués sólo reía y miraba. La colombiana se dejó enamorar por los tejidos bereber venidos del desierto, con esas figuras repujadas que ya soñaba colgadas en su habitación como un cuadro sin marco para tocar en las noches de desvelo. Entonces sus ojos la delataron y se unió al juego. 350 dírhams pidió el bigotudo rechoncho. Ella ofreció 100. Él le dijo 250. Ella insistió en que más de 100 no daba. Él le habló de la dificultad de los telares y de los largos meses de trabajo. Ella se puso a pensar en los rostros ennegrecidos de los hombres del desierto, así que, fuera de sí, se le escapó un 120. Él, empeñado en vanagloriar la obra de arte que teníamos ante los ojos, la presionó diciendo que lo mínimo eran 150. La cubana, triste de que su amiga se quedara sin la alfombra le ofreció los 30 que faltaban; pero ella intransigente como era cerró diciendo 130 y no va más. El pelirrojo de Luxemburgo y la catalana de cabello lacio, que se movía como aleteado por su propia respiración, se llevaron también una alfombra cada uno, de esas de doble faz que se pueden usar dependiendo del estado de ánimo.
Llevaban en bolsas negras la compra. Los europeos con el ceño semiarrugado se fueron preguntando precios en cada nueva tienda.
- Pagues lo que pagues de estos sitios siempre se sale con la sensación de haber pagado más de lo que era – les dije.
- Si, además nosotros como no venimos de la cultura del regateo se nos ve poco diestros, a veces obtusos.
- O casi siempre.
Se relajaron pensando que habían comprado ejemplares hermosos y únicos y sabiendo que era mejor sumirse en la ignorancia para seguir sonriendo el resto del viaje. Continuamos caminando, al dar la curva nos encontramos de frente con una fuente al mejor estilo árabe, con piedrecitas diminutas de colores rodeándola y que le daban visos de arcoíris al agua que brotaba. En medio colgaba un vasito de plástico rosado del que todos bebían. Las niñas sumergían la lengua, hinchaban los pómulos y le lanzaban el agua a unos narcisos blancos y amarillos, que parecía habían crecido por error en una amplia grieta del cemento. Después de cumplir con su objetivo de duchar de pies a cabeza a las flores, se percataron de nuestra presencia, dijeron algo incomprensible, llenaron el vasito rosa de agua fresca y me lo dieron.
- Me lo bebí de un sorbo y les dije «sucran». Ellas rieron a más no poder y se fueron. Más adelante me enteraría de mi error, puesto que «sucran» significa borracho, nada que ver con el «shokran» con el que les quise agradecer. El holandés, la catalana y el luxemburgués siguieron su camino, entonces nos quedamos Carmen, Caro y yo recorriendo los milyunochescos laberintos de las calles de la media de Fez.
Un paso más y nos topamos el olor a especias y el sabor de los dátiles poniéndosenos en el paladar. Otro paso y el polvo metido en sacos de hule separado en 11 colores fuertes expuesto para comprar a granel. Era la hena que usaban las mujeres para adornar sus manos y sus pies. Ellas, tan poco interesadas en escotes y ajustes que delineen sus curvas, dejan todo su erotismo a la mezcla de colores y formas que trenzan por sus nudillos, se separan y se buscan por entre los dedos, en un ejercicio de sensualidad en toda regla. Por las calles sólo veía los dedos de esas mujeres cubiertas y la silueta de los cuerpos bien hechos de esos hombres que invitaban a soñar.
Ahora me acordaba de los camellos que había por los caminos, sobrepuestos al cielo y al mar. Cuando estuvimos en las grutas de Hércules – ese lugar mitológico donde el héroe solar descansó después de separar África de Europa- viendo cómo las rocas caprichosas esculpieron sobre sí mismas el mapa de África, de camino al Cabo Espartel, nos encontramos con aquel animal cuasi sagrado bañado en oro. Su caca es utilizada como pomada eficaz para el dolor de cabeza, y por 15€ se puede conseguir un litro de su leche, preciada por valores afrodisíacos capaces de animar al macho más arisco. Así que ahora viendo este desfile de hombres con batas tan fáciles de poner y de quitar, era imposible no jugar a adivinar cuál de ellos había bebido del líquido bendito.
El día que visitamos Asilah no hacía tanto calor, a pesar de estar en pleno agosto, los vientos cargados de arena del Sahara estaban tranquilos. Al llegar nos encontramos con una ciudad chiquita pero despampanante, de calles estrechas y empinadas desde las que se ve el mar. Por allí paseamos respirando la calma que no volveríamos a encontrar ni en Tánger, ni Chaouen, ni mucho menos aquí en Fez.
Durante todos estos días nuestra principal labor ha sido congelar imágenes que nos servirán para el número de Marruecos que publicaremos el mes entrante en la revista. Entre tanta foto mala hemos conseguido alguna que otra buena, no exenta de sudor, puesto que la mayoría tuvimos que tomarlas a escondidas, con mucho cuidado de no ofender a su Alá. Cuando el hombre representa está incurriendo en competencia con el Creador, además la fotografía puede ser una promulgación del culto al cuerpo y a la estética, valores que los musulmanes no comparten. Así que con la cámara al cuello, obturábamos el diafragma sin mirar, o se ponía una de nosotras delante de la persona-objetivo posando a ser el centro de la foto, mientras la otra hacía la que enfocaba para otro lado y disparaba. Pero el truco no siempre funcionaba, a veces uno que otro nos regañaba con una voz salida de debajo de la barba, haciéndonos correr. Desde niños aprenden la regla, incluso los más pequeños al vernos levantar el objetivo agresor comenzaban sus negaciones y a usar sus manos para cubrir su rostro.
En las calles se veía gente sentada en sus sillas leyendo el Corán, rezando o escuchando el paso del tiempo; hombres, muchos hombres dándose muestras de afecto que nada tienen que ver con la homosexualidad, entonces sonreí viendo a ese señor arrodillado frente al viejo que descansaba en su silla, con un brazo sobre su pierna y con el otro cogiéndole la mano.
Luego de una caminata de 8 horas por la medina de Fez nos dieron las siete de la tarde, en segundos la calle se quedó limpia de gente: era el momento de comer. Aunque nos sentíamos aliviadas del barullo, empellones y los constantes ofrecimientos de hachís; por otro lado sabíamos que era la hora a la que el riesgo de tres mujeres solas en Marruecos se triplicaba, pues hasta la policía estaba comiendo. Y en esas se nos acercaron dos muchachos de dientes marrones ofreciéndonos su virilidad, otra vez pensé en los camellos, por lo que tuve que ahuyentar mis pensamientos con un abanico típico español. Al final se fueron conformados con el billete de les dimos.
Las sombras agrandadas de las frutas desperdigadas sobre el cemento, nos asustaron, entonces buscamos refugio a nuestros miedos en un baño típico árabe. Corría el agua, desnuda, sin tapujos, ni vergüenzas. Las cabelleras negras y largas, por fin libres de velo, brillaban entre las gotas de agua, las figuras pintadas en sus manos y pies empezaban a desfigurarse, a dejar su piel en una limpidez que asustaba. Después de haberlas visto en la calle guardando su honor de las miradas masculinas, allí estaban, con sus pezones, viscos, puntiagudos o agachados; tan libres de pudor. Me gustaba escuchar correr el agua hirviente y verla caer en mi piel achicharrándome el cuello, para luego chorrear el agua fresca de la coquita recién llenada, por los dedos de los pies, llenarla otra vez e ir subiendo.
Al salir, por el mismo pasillo por el que habíamos entrado, descubrimos una escalera. Subimos sigilosas pensando en que podría ser algo prohibido, pero no encontramos nada surrealista ni espectacular, sólo una habitación vacía con una pipa de esencia de frutas y una ventana. No era una ventana cualquiera, era una celosía antigua desde la que seguramente alguna mujer había mirado sin ser observada. Carmen desenrolló la alfombra y se sentó a pensar.
Eva y yo plantadas viendo a la gente que pasa hasta que nos dolieran los ojos. Desaparecí unos segundos en busca de un cuarto de baño, y me llené de odio, de nuevo me tocaba orinar en un baño turco, un plato de ducha con un agujero en medio que olía a batido de excrementos, con un grifo y un cubo para despedir una parte de porquería. Mareada, como pude, en cuanto entré me quité los pantalones enteros, los colgué en la puerta para evitar que se escurrieran y tocaran el suelo infesto. Cuando me levanté, los pantalones habían desaparecido. Me quedé allí un largo rato, gimiendo de rabia, respirando los hedores de otros cuerpos, y culpándome, sí, sobre todo culpándome por haberle devuelto a Eva sus ojos de europea.
jueves, 16 de julio de 2009
Un trago de ron
El mar hoy no tiene gas, alguien se lo sacó anoche en un descuido de la arena. Pero la estridencia de las risas disimulan la mudez de las olas, y nadie se entera de que el mar le ha cedido su papel de musa a un borracho para que lo vomite a su avío. El dedo pulgar en la barbilla, dibujando un signo de interrogación en mi rostro cuando camino en la orilla golpeando las olas, como para vengarme del hastío que me produce estar aquí. Al mismo tiempo en que el perfil de las palmeras se clava en mi entrecejo y el sol pinta la piel que se deja ver, el sonido del mar me taladra la sien y me cuesta respirar. Como una condenada me paso el día entero tirada en la arena, soñando con la sonrisa clara y la piel con historia de la gente real que camina al otro lado haciendo música con cada paso. Aquí el mar tiene un sonido realmente triste, los pies cubanos no alegran esta arena, y yo me muero de ganas de estar al otro lado del espejo, aunque la cisterna sólo funcione con cubos de agua y tenga que esperar durante una hora la güagüa mientras hago la fila para comprar el pan.
Necesito quitarme las orejas por un momento, plantarlas en un jardín para que estén a salvo y así mismo ponerme a salvo también. Tengo que escapar de este lugar soleado pero lúgubre, el regetón que escucho cada día me ha borrado la sombra de mi pelo y me está robando mi mirada de claro oscuro.
Todos tan felices en su mundo irreal de hotel “all inclusive” con playa propia y un estúpido trencito para ir al Centro Comercial. Para ellos es suficiente con comer, cagar y comprar. A quién le interesa ver el país que visita y conocer a su gente? Con lágrimas evaporadas que me resbalan por los senos, me doy cuenta que estoy en
el lugar equivocado y no puedo evitar sentirme mareada y asqueada en esta burbuja que no me pertenece. Otro ser humano más sensato que yo, sería realmente feliz aquí, lo sé… Tan cansada de esto, de cuando en cuando me siento en una silla del Centro Comercial a hablar con la gente de cualquier cosa y sin poner excusa. Pero en breve tengo que seguir con esta farsa de mirar cosas y mostrar interés por los artículos inútiles que acaban de comprar y que terminarán en el contenedor muy pronto.

La primera semana caí en la trampa de Cuba por ingenua, después de haber pagado 11 CUC por una llamada de 15m a la Habana supe que tenía que encontrar una mejor manera para hablar. Pocos días después me conseguí una “tarjeta propia” y por el mismo tiempo de llamada pagué alrededor de 5 pesos de moneda nacional, alrededor de 15 cents de CUC. A los días necesité lavar ropa y los desorbitados precios de la lavandería del hotel me obligaron a llegar a un buen acuerdo con la lavandera, que funcionó bien hasta que una de las dos lavadoras se estropeó y tuvimos que optar por opciones como secarme la ropa que había lavado a mano, o la de la lavadora que me traía mojada de su casa la mujer de la limpieza. Estos niveles de corrupción tan maravillosos sólo son posibles aquí y no dan remordimiento alguno porque sirven para que la gente viva un poco mejor, con una pensión de 7 CUC al mes o un sueldo de 12 todo es limitado, y hasta comer bien no es más que un
privilegio de pocos.
Duelen los pliegues de los ojos de tanto ver. A los zapatos de ella se le ha salido una puntilla y se le está clavando por debajo de la uña; saber que comer tres veces al día es un lujo para muchos en este país de contrastes y que con revolución y sin ella siempre habrán clases sociales… la pareja de alemanes con la que gasto las horas no entiende por qué los cubanos son tan felices sin tener na
da, quizá la respuesta está en que tienen música en las venas. El hombre que pone el café destila ritmo por sus manos, la mujer que hace las camas respira siguiendo el coro de fondo, y yo, de repente me sorprendo bailando sin música, como protagonizando un ritual santero. Las berenjenas se están pudriendo al lado de la tumba como lo ordenaron los muertos y los tambores africanos se escuchan a lo lejos.
A punto de desatornillarme la cabeza se me ocurrió tomar el estúpido trencito con destino al dichoso Centro Comercial, con la intención de cambiar dinero a moneda nacional, para pasado mañana volver a la vida, plantarme muy a las 6:00 en la carretera a “hacer botella”, es decir, echar dedo hasta que un buen samaritano o alguien que necesite dinero, me lleve a Varadero, que está a 10 kilómetros. Y allí esperar a que una güagüa que venga de otra ciudad y vaya para La Habana me quiera llevar por uno o dos pesos. Feliz con mi plan me pongo a buscar una Cadeca (casa de cambio). Del Centro Comercial me mandan a un hotel y del hotel a Varadero, así que la botella empieza antes de lo esperado… Un simpático tío me recoge en su escúter, me lleva a mi destino y cambia el dinero por mí. A la vuelta, haciendo botella, se detiene un hombre en un autobús, paramos en mitad del camino a bajar cocos y beberlos, y a sentir el viento. El día ha valido la pena, al menos por hoy he conseguido llenar los pulmones con aire que huele más a piel que ha sal.
Las palabras enredadas entre flores recién nacidas
salidas de los dedos a la madrugada por pura necesidad
porque estaban haciendo daño dentro,
tantos versos cociéndose debajo de la piel
por culpa de esa canción, de esa forma de traspapelarme el alma
cuando la existencia deja de pesar y sólo importa la música.
Las palabras vertidas por los poros
que como tacitas de té son bebidas de un único sorbo
por el lápiz y el papel de la memoria,
que son los que mejor entienden este estado desprovisto de tiempo
cuando se es más que feliz
Ya vacía de palabras
las caderas y las maracas se alzan. Sólo queda la música!
Familiarizada con esto del autostop, al día siguiente de nuevo me fui a Varadero a encontrarme con un mulato de mirada verde que encandilaba, y que trabajaba en el hotel. Fue una buena tarde de hablar y caminar sin prisa. De vuelta, durante 40 m estuvimos esperando la güagüa, pero nada de nada, yo nerviosa, no sabía cómo decirle que pasara la calle y me dejara sola, sabía que de ese modo sería mucho más fácil llegar pronto a mi destino, porque a una mujer sola siempre la ayudan. Nunca sentí miedo, de hecho aquí todo el mundo hace botella a diario. El chico entendió mi razonamiento y se fue. A los 4 minutos ya estaba felizmente montada en un vehículo que me adelantó un cuarto del camino, y cuando me bajé sólo tuve que esperar un par de minutos para que una pareja se detuviera.
La manecillas del reloj formando una línea vertical continua que me delimita en el punto cardinal cero para comenzar la travesía, sin adivinar que 10 horas y media después estaría buscando en la penumbra desesperadamente una güagüa o máquina que me trajera de vuelta a Varadero. En la noche muchas zonas de la ciudad asustan, mi suerte era ir de la mano de una habanera, al menos si todo fallaba tendría un colchón desde el cual podría escuchar los pasos del reloj. Desde que salí del hotel en la mañana he conocido a mucha gente que me ha ayudado sin pedir nada a cambio (o quizá me lo han pedido y yo no me he dado cuenta, puede ser). Una de las cosas rescatables de este sistema es que hace que la gente comparta lo poco que tiene, un día das tú, otro día recibes, el grado de amistad al que se puede llegar aquí creo que es mucho más profundo e incondicional que en otros lugares. Lo que no puedo soportar es que por otro lado haya un montón de gente que quiera aprovecharse de mí porque soy turista, o bueno, ellos creen que lo soy. A las 6:30 pude tomar el bus para Matanzas pagando en moneda nacional sólo porque un cubano habló por mí, de haberlo hecho yo con mi acento habría tenido que pagar 24 veces más. En Matanzas conseguí rápido una máquina para La Habana, porque sólo dije 2 palabras y no me descubrieron. Aquí dependo de los demás de una forma que me resulta vergonzosa, por culpa de este individualismo al que ya estoy habituada. El regreso fue una verdadera odisea, por haber abierto la boca más de la cuenta. 5:30 de la tarde, en la terminal me dejé pillar, se regó la bola y todos me miraban como si fuera culpable de no ser de aquí y me querían hacer pagar un alto precio por ello, así que decidimos ir a probar suerte a la otra terminal de ómnibus y dejar que mi amiga resolviera todo por mí. Para llegar allí tuvimos que caminar, más bien correr, alrededor de 25 minutos y esperar el ómnibus otros 30, así que cuando llegamos ya eran casi las 7 y mis posibilidades de éxito se extinguían a una velocidad asombrosa. El conductor de la máquina nos preguntó que si íbamos para Varadero o Matanzas, pero los casi 70 años de mi amiga no la dejaban escuchar, y mi pecado de no ser de aquí no me dejaba contestar. A la tercera vez que preguntó, el pellizco que le metí la hizo responder; entonces me monté asustada con los dos tipos en el coche destartalado que no podía ir a más de 70 km/h. Si nos cogen en un control este tipo se metería en un problema grande por transportar a una “turista”, se supone que yo debo coger el transporte que me toca sin hacer preguntas…La cosa podría tan grave que hasta el carro se lo podrían quitar. Yo en silencio, llenándome de culpas y esperando llegar al menos a Matanzas para empezar a hablar. Acorde a mi plan, cuando vi el letrero de Matanzas sabía que estaba salvada y aunque me obligaran a bajar del carro podría conseguir algo para llegar a mi destino. Lo bueno de haber hablado fue que una vez el muchacho y yo nos bajamos, me acompañó a la carretera, detuvo la güagüa, habló por mí e incluso tuvo la cortesía de pagarme el pasaje. Es maravilloso encontrar gente así por el mundo, dan ganas de pillar la sombra de éste día con un alfiler cualquiera y clavarla en el álbum de los recuerdos, dan ganas de destemplar el rumor de las olas por el placer de afinarlas con la punta de la lengua, dan ganas, dan ganas, hasta de quedarse aquí, al menos por unos años, supondría renunciar a muchas cosas por otras; no debería ser tan duro.
Las historias bellas de esta isla me las encontré en la calle haciendo botella. Otro día, tentada con la idea de irme a Matanzas, me monté en un autobús cualquiera, al poco rato se sentó a mi lado Vidal, un hombre de unos 50 años que sería mi guía en la ciudad. Nos bajamos en el teatro Sauso y me invitó a un café en la casa de los artesanos. Él iba a solucionar unos asuntos de trabajo, así que quedamos de encontrarnos una hora y media después. Ese rato lo invertí en retratar la vieja ciudad y entrar gratis al Palacio de Junco haciéndome pasar por cubana. Después de esperar al hombre un buen rato me puse a conversar con un anciano, le pregunté si podía cambiar un billete, porque necesitaba una moneda para pagar el autobús, ya que aquí los conductores no dan devuelta, los pasajeros depositan el dinero en una alcancía transparente gigante. El hombre no tenía para cambiarme, pero a cambio me ofreció con insistencia el peso que me hacía falta. Al ver que mi nuevo amigo no aparecía me puse a esperar la güagüa hacia Monserrate, 30 minutos después me aconsejaron que tomara un taxi en frente, y cuando estaba atravesando el parque me encontré a Vidal, gran salvación! Porque así tomaríamos un taxi local y pagaríamos con moneda local. Después de ver a Matanzas desde lo alto, gracias al autostop llegamos de nuevo a la ciudad, y luego tomamos una máquina para ir al punto donde pasa el transporte a Varadero. Después de 45 m de tranquila espera para él y cansina para mí, entendí que todavía tengo mucho que aprender aquí.
Ya en Varadero cogí el transoporte de trabajadores hasta el hotel, y Vidal se sentaría a comer con el dinero que le había dado, al menos eso dijo, o quizá se iría para su casa de Cárdenas (el pueblo de Elián, recordáis la historia del niñito cubano que no quería devolver EEUU?) y haría rendir los CUC lo mejor posible. Cuando llegué el guardia del Hotel se interpuso en mi camino y con un “chica, ven pa’ca, tú qué quieree”, supe que mis ojos se habían cubanizado y que, para mi dicha, jamás volvería a ser la misma.